MEJOR PENSAMOS MAÑANA

Entró por la puerta y al encender la luz ya no había nada. Solo una botella abierta y una copa a medio beber. Colgó el abrigo y se fue a dormir.

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LA CHARDONNAY DE PROUST

Roberto observaba el movimiento circular del vino dentro de la copa mientras Piqueras le hablada desde el otro lado de la barra. No le prestaba atención. Seguramente después y como siempre, le formularía cualquier pregunta sobre alguna cualidad del vino que ya le había explicado anteriormente. Roberto solo requería la información precisa y a Piqueras le gustaba extenderse en las descripciones.
Ignorarlo le permitía disfrutar del local y del vino. Contemplar armoniosamente el amarillo pálido con reflejos dorados de la chardonnay resbalando por el cristal y dejarse absorber de una forma hipnótica.
Le gustaba acudir después del trabajo a DeParker. La música era de su agrado, los vinos que le recomendaba Piqueras casi siempre eran acertados, pero sobre todo le seducía porque existía alguna conexión en su mente que lo relacionaba con el cuadro “Halcones en la noche” de Edward Hopper y eso le hacía sentir bien.
Se acercó la copa de vino para percibir su esencia a través del olfato. Aromas de fruta cítrica, notas minerales, cremosos y ese olor a hierba fresca. Ese aroma tan reconocible para él le había acompañado a lo largo de su vida como una evocación remota escondida en alguna parte de sus recuerdos. Prescindió de protocolos y bebió con impaciencia. Ahí estaba otra vez, envuelto en otros matices pero inconfundible, ese sabor a hierba fresca que venía asociado a la felicidad.
Y en aquel preciso instante volvió Carmina, con sus grandes ojos negros y sus pantalones con tirantes. Su pelo castaño sujeto en una cola, casi siempre despeinado y su delgadez, manifiesta sobre todo en un rostro estrecho y alargado, pálido y sonrosado. Tenía nueve años, era un año mayor que Roberto. Vivía con su padre, que era profesor, en una casita cerca del río. Roberto vivía en un barrio obrero cercano.
La primavera estaba tocando a su fin. Al salir del colegio todos los niños se reunían en una explanada en torno a un balón. Pero Roberto prefería adentrarse en la huerta, observar a los pájaros o a los insectos, hacer carreras con raíces en el agua de la acequia o acercarse al huerto del señor Montes y robarle un palito de regaliz.
En una de esas tardes de distensión encontró a Carmina. Pronto simpatizaron. Se dirigieron a unos cañaverales y fueron arrancando cañas hasta completar un espacio diáfano que no podía ser visto desde el exterior. En un lateral había una gran piedra. La levantaron y empezaron a diseminarse en todas direcciones decenas de insectos. Decidieron que ese sería su “escondite secreto” y que a partir de ese momento cada vez que quisieran decirse algo lo harían a través de un papel guardado debajo de esa piedra.

Roberto estuvo toda la noche pensando en su nueva amiga. Lo mismo le sucedió al día siguiente en el colegio. Estaba deseando terminar las clases, encontrarla y pasar la tarde a su lado. Terminaron haciéndose inseparables a pesar de lo opuesto de sus caracteres. Él era prudente, observador y taciturno. Ella, avispada, despistada y jovial.
Las tardes transcurrían en un suspiro cuando se encontraban juntos y las mañanas se convertían en una cuenta atrás hacia la llegada de la tarde. Carmina le propuso buscar nidos de perdiz. Después cogerían un huevo y lo taparían con una manta hasta que naciera la cría y así conseguirían tener una mascota. A Roberto le pareció una idea estupenda, dando inicio así a su “gran aventura”. La búsqueda no estaba resultando tal y como ellos la habían planeado. A la dificultad de encontrar algún nido se sumaba el hecho de que cuando encontraban alguno y Carmina trepaba al árbol invadida por la emoción, éstos estaban vacíos.
No fue hasta el final de la tarde cuando encontraron uno con huevos. 

Carmina observaba atenta sin responder a la curiosidad de Roberto. Finalmente le explicó que en el nido había seis huevos. Pero que uno de ellos era mucho más grande que los demás. Después de armarse de valor descendió del árbol con el invasor entre las manos. Sin duda se encontraban ante un huevo de serpiente. Los ponían en los nidos de los pájaros para que cuando naciera la serpiente pequeña se pudiera alimentar de los otros huevos. Pero ellos no lo podían permitir. Pensaron en tirarlo a la acequia, pero entonces se podía alimentar de ranas y hacerse muy grande. Finalmente decidieron tirarlo al río, que lo arrastraría al mar donde sin duda se lo iba a comer un tiburón. Así es que iniciaron la marcha. Roberto iba a su lado con una piedra en la mano por si nacía por el camino la serpiente e intentaba rodearle el cuello a Carmina. Cuando finalmente lo arrojaron al rio se sintieron felices y aliviados. Carmina le obsequió con un beso cálido en la mejilla y corrió hacía su casa. Roberto sentía como la brisa enfriaba la humedad de aquel beso y no podía dejar de sonreír.

Al día siguiente llegó al barrio Aurora. Era una niña de pelo dorado y ensortijado y grandes carrillos. Cada mañana Roberto se proponía bajar a la huerta y pasar la tarde con Carmina pero terminaba con Aurora jugando a la rayuela o a las canicas. Dos semanas después por fin se acercó a su “escondite secreto”, levantó la piedra y encontró un papel manchado de barro donde pudo leer. “Eres un huevo de serpiente”.
Ese verano trasladaron al padre de Carmina a un colegio de la capital y no se volvieron a ver. Roberto se mojó los labios con el vino. Buscó en Facebook y llamó por teléfono. Carmen Lidón era veterinaria en una clínica privada. Acababa de llegar de su trabajo. Se duchó con el agua muy caliente. Se sirvió una copa de monastell que saboreaba mientras buscaba una serie en Netflix. Sonó el teléfono.

– Hola, soy un huevo de serpiente-.

Carmen escuchó cada palabra como si hubiese sido transportada desde otra vida mejor y no pudo evitar sonreír.

– Hola Roberto.-. Me alegra escuchar tu voz-.

Amado Beltran

Microrrelatos

*En orden alfabético

Caminando con el sol de septiembre sobre la nuca, intentaba visualizar sus
pies dentro del lagar. Irremediablemente, el frío roce con Miguel hizo arder de
nuevo toda su inocencia.

– Abre con música al descorchar, el rojo se funde con el carmín de esos
labios carnosos; una lágrima desliza en su copa. Se desprenden aromas
de canela, vainilla y tintes de roble. No sé, si es su piel que me embriaga
o la felicidad que me sube, pero terminamos danzando en un beso
donde el paladar se estremece por un perfecto “bouquet”. Y el día, en un
día cualquiera, se vuelve maravilloso.

Caminó por el pasillo oscuro, acompañada por el tintineo de las llaves, que
acompasaban sus pasos y que alertaron a Elías de su llegada.
Entró al salón y abrió una de aquellas botellas que tenían reservadas para una
ocasión especial.
Cogió dos copas…
Una suave melodía inundaba la estancia, él en el sofá, inmerso en la lectura de
aquel libro que había comenzado hacía varios años.
– ¿Qué celebramos? – acercándose y dedicándole una sonrisa
– Que respiramos – dijo, llenando su copa
– ¿Necesitas algo más?
– No, nada más
Tomo un sorbo de vino y la beso…

Se había perdido los brindis más importantes de su vida. Llegado el momento,
cuando le tocaba hablar, las palabras se refugiaban en su garganta y se
negaban a salir.
Esa noche, en cambio, se sintió relajada. Se dejó llevar y probó la copa de vino
que le ofrecieron. De pronto, lo vio: el hombre del que llevaba años enamorada,
y, casi sin pensarlo, se le escapó un “te quiero”. Él la estrechó entre sus
brazos. Un par de lágrimas resbalaron por la copa tiñéndose de color rojizo y,
por primera vez, disfrutó del aroma dulce y embriagador de la felicidad.

Hace dos años compre “en primeur” un Château Petrus…..el sueldo de un mes en una sola
botella….estaba loca.

Dos años deseando ver tu cara
Y todo llega…

Tu cumpleaños.
Estas sentado en el sofá y transporto la botella como si llevase una bomba de plutonio.

Lo miras y no puedes creerlo, babeas…

Pero no llega a tus manos…
Se me resbala…

Lo veo caer y veo nuestra relación pasar a cámara lenta, tres segundos decisivos y se estrella
contra la alfombra….

Era mucho lo que te entregaba con él, para ti sólo vino…..ese fue tu castigo.

La enfermedad está muy avanzada. Diagnóstico de la señora Rebeca:
alzhéimer con demencia senil. «Apenas recuerda nada, nunca habla,
deberíamos ingresarla en la residencia» -dice Thomas al tiempo que sirve un
viejo vino gran reserva-. «¿Qué añada es? -pregunta el hermano pequeño-.
«¡Me da tanta pena!, después de todo lo que ha luchado por nosotros y por esta
bodega». -Añade María-.
Rebeca se inclina, extiende su mano sobre la mesa, alcanza una copa medio
vacía, débilmente se la lleva a la boca ante la mirada atónita de sus hijos y
sentencia: «no hay duda, cosecha del ochenta y dos».

Dejó caer el móvil en el bolso y salió corriendo, no le alcanzaba el resuello con
los tacones dificultando su carrera, pero tenía que llegar a casa antes que él.
«¡De verano!», esas palabras: «de verano» resonaban en su cabeza y le
impulsaban a ganar velocidad. Subió los escalones de dos en dos, introdujo la
llave en la cerradura: «Hola, cariño», escuchó. Demasiado tarde. Encima de la
mesa: el cubo de hielo, la botella de gaseosa y —«¡NOOO!»— el Vega Sicilia.

Nuestro momento está en el aquí y en el ahora;
Tiempos convulsos que anuncian nueva era
¿Dónde quedaron aquellos besos y abrazos?
¿Aquellas añoranzas y desavenencias vanas?

Hoy suspiramos por ellas
Aun conformándonos con las soñadas
Y las etéreas.

Esos momentos mágicos
Con nuestra copa de vino,
Nuestro brindis comedido.

Hoy nos conformamos
Con esa copa inhiesta
Plena de entusiasmo
Y vacía de ánimo.

Cuánto ha de durar,
¡La dicha de este fervor enaltecido!

Nacimos el mismo día, crecimos a la par y durante años medimos y pesamos lo
mismo. Incluso, a pesar de vivir alejados el uno del otro, seguimos razonando
del mismo modo, enamorándonos y desenamorándonos al unísono… La
distancia nada cambió. Y es que siempre tuvimos gustos similares: la música,
y, por encima de todo el vino, que nunca faltó en cada uno de nuestros
reencuentros. Por eso nadie, salvo nosotros, entendió jamás que, a veces, dos
no es uno más uno, sino que llega a formar por sí mismo una sola unidad.

El buen vino cuenta. Cuenta historias, alegrías y amigos, así que no tengas
miedo de perder la cuenta pero que sea con un buen vino.

Escuché el origen de la masacre. Casi puedo decir que lo presentí. Pude sentir
cómo estrellaban contra el suelo sus pequeñas y delicadas partes. El rojo sangre
tiñó la habitación por completo. El estremecimiento se apoderó de mi ser.
La agonía y muerte de cada una de ellas inundó mi casa. A las más jóvenes ni las
conocía y aun así sentí cómo mi cuerpo se deshacía con cada estallido.
Todas se habían marchado.
Un efecto dominó que ganó aquel pulso de movimiento.
Pero la verdad, no sé qué esperaba confiando mi bodega al inútil de mi hijo.

Semilla de roble que cada noche se transforma, esperando el momento oportuno
para ser esencial.
Nube solitaria en el cielo que se agrupa con otras para regar el valle.
Uva desarrollando sabores extraordinarios, aprovecha la tierra, la temperatura y el
mimo humano.
Conjuro de la naturaleza que une a su antojo para crear, de la nada, la pureza que
emana una gota del elixir, con tono rojizo, desprende el olor heredado, siendo único.
Un momento se convierte en experiencia, los sentidos se agudizan y el vino riega
las venas.

La tormenta era tan fuerte que había roto el palo mayor. Las olas embestían sin
misericordia con fuerza contra el casco y en medio de un enfurecido mar,
empezaban a desprenderse pedazos de embarcación por todos lados.
Al mirar por la ventana, veía a la gente tranquila pasar. Había bebido tanto de
la vida que se le había quedado seca, y entre sorbos de vino saciaba las ganas
de volver a surcar los mares y recorrer tierras exóticas.
Un perfume de serena embriaguez emanaba, y al mirar por la ventana, veía a
la gente tranquila pasar.

Al agitar su copa de vino, se vio inundado por el perfume característico de su
hogar de la infancia, aquel que le había acompañado durante sus grandes
aventuras de juegos, y el que había estado presente durante sus primeros
amores de juventud.
Al agitar su copa de vino, ese aroma penetró tan fuerte en su interior que quedó
absorto durante un momento. Suspiró, miró a su pareja, dibujó un atisbo de
sonrisa y mudo, siguió bebiendo.

Me encanta presenciar sus catas buscando los aromas, adivinando si ha estado en
barrica, descubriendo la variedad de uva, para después, saborearlo y encontrarlo. Adoro
ver su cara en una bodega en la que explica el proceso de elaboración del vino, desde la
vendimia hasta su embotellado. Me gusta verlo en acción, explicando cómo los taninos
hacen su función y hacen que notemos el vino áspero y astringente en boca. Disfruto
viéndolo sacar el color al vino en un fondo blanco. Aunque confinados no podamos
vernos, el vino lo seguimos compartiendo.

…Y terminando ese almuerzo, echando la mente atrás,
os contaría de otro de ellos, en el hogar de Don Juan.
Como buen anfitrión, emocionado, componía una dedicatoria al brindar.
Decía así:

“Digno compañero del Dios Baco,
presente incluso en las Bodas de Caná.
Fiel confidente en decepciones, ilusiones y demás…
con tus aromas y efluvios, los sueños adquieren brillos de
realidad”.

Echa una copa de vino con alevosía y nocturnidad, pues
¿Qué mejor que un buen brindis para un perfecto final?.

Lo conocí en la barra de un bar. El delante, yo detrás. Me impactó a primera
vista. Nunca me estremecí y sonrojé tanto ante nadie. Entre vino y vino y
después de horas de conversación me contó su historia, quizás no del todo
cierta, tal vez su nombre tampoco lo fuese, dijo llamarse Andrés. Puede que
fingiese cuando reía, pero los que si eran auténticos, eran sus ojos y su mirada
penetrando en la mía.
Hoy también sé, que el “volveremos a encontrarnos” era pura formalidad. Ni él
pensaba volver, ni yo iba a esperarlo.

El estado de alarma se alargó y moríamos de ganas por conocernos y tener
nuestra primera cita. Elegí un buen vino de Ribera del Duero y alguna cosita de
picar que nos enviaron, a su casa y a la mía.
Recibimos los paquetes a tiempo, y allí estábamos Oscar y yo, de punta en
blanco, delante de nuestros ordenadores el sábado a las 20:00, dispuestos a
tomarnos un vino on line.
Ninguno de los dos habíamos hecho nada igual pero fue tan divertido…
Charlamos, reímos, comimos y bebimos…y brindamos sin parar, una y otra
vez, por estar sanos, vivos y poder tocarnos la próxima vez.

La vid había permanecido en la familia desde antes de que ella naciera. Daba buenas uvas, e
incluso en tiempos pasados había producido un vino de calidad. De pequeña tenía miedo de las
avispas que en verano la rondaban, y de adolescente había disfrutado del fresco de su sombra
mientras escuchaba con admiración las historias que la Tía Cristina contaba sobre la guerra civil.
Un día la casa fue suya, pero antes de llegar siquiera a poner un pie en ella, alguien cortó la planta
de raíz. Despidió su inocencia bebiendo vino, hecho por otras vides, de otras herencias.

Su misteriosa mirada, sus labios carmesí y su peculiar manera de sostener la
copa, me retaban a descubrir lo que escondía.
Nuestro sumiller, un tipo serio y elegante, nos sirvió su cuvée más exquisito,
puesto que la ocasión lo merecía. Tras retirarse, brindamos. Clarice no dijo nada;
cogió la copa, observó el vino, lo olfateó, balanceó y volvió a olerlo. (¡Quedé
hipnotizado!). Por último, posó suavemente sus labios en la copa hasta
impregnarlos totalmente. Acto seguido, fijó sus ojos en mí, sonrió y me besó.
Sobraron las palabras…
Aquel dulce sabor acabó revelándome su secreto mejor guardado.

El ocaso exhala el olor de la vid dichosa, sentados a la mesa mientras los
últimos destellos del día centellean juguetones sobre mi copa. La añada fue
excelente y de obligatorio brindis, paladeando cada sorbo del excelso néctar,
renta de nuestros esfuerzos, mientras la música sigue anegando mis fértiles
tierras festejando nuestra fortuna. Desde el zaguán repleto de parras colgantes,
contemplo cada hilera cultivada con mimo, mientras el aroma de un largo y
repetido trago cautiva mis sentidos. Barricas para enamorar al mundo, partirán
hacia las más ilustres bodegas, magnífico periplo de apuesta ganadora que hoy
abraza a mi linaje.

Lucía un vaporoso vestido amarillo con pespuntes verdes. Olía a grosella
espinosa sobre un lecho de flores de sauco marchitas. Tenía la capacidad de
evocar prados verdes recién segados y de un inusitado frescor. Según me
acercaba a ella y mientras la observaba bailar girando de manera hipnótica, cerré
los ojos y me dejé llevar, ensimismado por su fragancia tropical de pomelo y fruta
de la pasión. Al instante caí embriagado por su embrujo y no pude más que
preguntar su nombre, Sauvignon Blanc, me contestaron y las lágrimas que
corrían por la copa se juntaron con las mías.

– Joder… – Murmura al ver la mancha de vino tinto en su camisa reflejada en el
espejo del ascensor. Se apresura a frotarla, como si así pudiera desaparecer
mágicamente. Tras unos segundos se da por vencido y se cierra la chaqueta
para ocultarla. Al entrar en casa saluda vagamente a su familia, como de
costumbre.
– ¿Mucho trabajo hoy, cariño?
– Si, siento llegar tarde, estuve en la oficina hasta ahora.
Sin que le vean se saca la camisa y la mete directamente en la lavadora, con la
esperanza de que la mancha y su culpa se borren al primer lavado.

Ella se levantó tan bruscamente que derramó la copa sobre él. Pese a sus prisas, lo
intentó arreglar pidiendo blanco. Él le echó en cara si no había tenido suficiente con
tirarle el tinto. Ella intentó explicarle que con blanco se quitaba la mancha. Él le dijo
que eso eran tonterías de viejas. Ella ya no respondió. Se dio media vuelta y se marchó.
Para siempre. Él nunca supo por qué, ni si tenía relación con lo que le acababa de
proponer justo antes. Ella nunca supo lo que se había ahorrado yéndose y no
volviéndole a contestar al teléfono.

Una calurosa mañana Clima, Luz y Temperatura reunidos se encontraban. La
fecha de vendimia se acercaba y su preocupación aumentaba, pues Uva
seguia triste y apagada.
—¡Yo no descansaré, por el día y la noche trabajaré!—exclamó Luz.
—Yo estable estaré y a Uva nunca fallaré—señaló Temperatura.
—Yo sus campos regaré y con nutrientes alimentare—dijo Clima.
Pasaron los dias y Uva no mejoró entoces el enólogo llegó, con sus manos
rozó y Uva se recuperó.
Para un buen vino tener la mejor receta te daré: clima, luz, temperatura y
mucho amor siempre daré.

El primer sorbo de vino me llena el paladar de aroma a cedro y la mente con
imágenes de un pueblo en el que nunca estuve. Día tras día, con cada copa,
recorro las calles de aquel lugar bajo el sonido rumoroso de una fuente. Visito
la iglesia. Llego al campo en plena vendimia. Conozco a una mujer. Nos
casamos…

Al apurar las últimas gotas me doy cuenta de que he disfrutado de una
existencia tan imaginaria como plena. Entonces bajo a la bodega, miro mis
botellas y me pregunto, de nuevo, qué otras vidas estarán reservando para mí.

La mirada perdida, el ruido del silencio que queda, la sangre que fluye del mismo modo
que la culpa. El miedo, la soledad, la nostalgia, el dolor, la tristeza que la inunda.
Y él ahí, impasible, con su copa de vino en la mano y su aire triunfante.

Los conozco hace más de cuarenta años, personas de verdad, mis vecinos
Paca y Antonio. En su casa de campo de Mahoya, a la cual me invitan todos
los años a la fiesta de la pisá del vino, tienen viñas heredadas de tres
generaciones. Todos los años, es un placer volver a ver, a Antonio y su nieto
pisando el vino con sus esparteñas, me embauca el movimiento que hacen con
su cuerpo, recordándome a la jota murciana. Ese día, el porrón del vino, nos
alegra a todos.

Características del vino perfecto en tiempos convulsos:
Áspero, como el golpe de realidad que nos sacude. Dulce, en el recogimiento
casero, sintiéndonos seguros. Ácido y con cuerpo, cada vez que encendemos el
televisor. Sensación incrédula cuando roza la garganta. Ligeros tonos afrutados
al mirar por el balcón y respirar primavera. Color granate, o rojo, o rosado, según
la luz -y los ojos- que atraviesen el líquido, perfectamente confinado en su cristal.
Período de conservación incierto, mínimo aconsejado de 2 a 4 meses.
Nota: Se recomienda descorchar esta botella con los que importan cuando todo
esto acabe.

Guardó rápidamente en su mochila de artículos personales todas las botellas de
vino tinto que había estado atesorando para ese momento especial. Ha llegado el
día, la NASA le acaba de confirmar que será el primer ratón en pisar la luna.

Salía de trabajar y conduje abstraído para llegar. Segundo día y tarde otra vez.
En clase sólo quedaba libre un asiento en la última fila. Mi compañera me
saludó con una sonrisa de labios apretados.
— Ya no somos novatos. Tenemos el sistema interiorizado. Pues vamos a
seguir nuestro procedimiento, y vamos a empezar a desmontar sabores.
Tenemos que sacar algo más.
Como cualquier mal alumno, en última fila y compartiendo sonrisas con la
compañera.
— ¿Qué notas tú? —indagó el profesor.
— Debo de estar loco. Galletas.
— No vas mal del todo. Ahora explico. A ver, los demás…

La tormenta era tan fuerte que había roto el palo mayor. Las olas embestían sin
misericordia con fuerza contra el casco y en medio de un enfurecido mar,
empezaban a desprenderse pedazos de embarcación por todos lados.
Al mirar por la ventana, veía a la gente tranquila pasar. Había bebido tanto de
la vida que se le había quedado seca, y entre sorbos de vino saciaba las ganas
de volver a surcar los mares y recorrer tierras exóticas.
Un perfume de serena embriaguez emanaba, y al mirar por la ventana, veía a
la gente tranquila pasar.

Ahí está ella, en la cama, casi desnuda, fumando un cigarro y con una copa
de buen vino en la mano, sin inmutarse por el ruido de los agentes de policía
entrando en su dormitorio, sin darle importancia al cuerpo de aquel hombre que
yace inerte junto a ella con el cuello cortado. Solo puedo pararme frente a la
cama y mirarla fijamente mientras un esbozo de sonrisa se dibuja en mi cara.
Una noche de perros. Truena con fuerza. Seguro que es el Diablo que
viene a buscar a alguien de esta habitación.

El vino es como un viaje.
Un largo proceso.
Desde el viñedo hasta botella.
Cada ciudad,
fases de vinificación.
Cada botella,
contempla esfuerzo y dedicación
de aquellos que están en cada operación.
Cada copa,
lugares de nuestro viaje.
No son solo aromas ,
son momentos,
en los que se disfrutan con amigos.
Por eso el mejor vino no es el más caro,
es el que se comparte.

El insignificante aire que había movido la puerta de la vinoteca al abrirse
derrumbaba el castillo de naipes que había ideado, la luz interior iluminaba la
cara de mi marido como un rayo y su voz interrogante desató el caos, solo yo
oía los truenos y adivinaba la tormenta y el desastre.
El tono de la pregunta, aunque inocente, resultaba una sentencia muerte para
el éxito de la cena. Se nubló el salón, la vajilla pareció ser vieja, el mantel
descolorido, la música inoportuna, la perlas apretaron mi cuello, el vino en el
maletero y el coche en el taller.

Quizá era lunes, quizá sábado o puede que fuera miércoles, ¿qué más
daba? Las horas no se contaban, el tiempo no se medía. Los relojes no
valían ya.
Amanecía, anochecía y entre medias la vida pasaba lenta, monótona,
desfigurada…
Quizá esa copa de rojo vino solo era la sangre de la tierra que trataba
de entrar en las venas o quizá solo era una forma de morir lentamente
como otra cualquiera.
Podría estar muerto sin saberlo o podría estar vivo y no vivirlo. Quizá
mañana la realidad le abriría los ojos o quizá nunca lo sabría.
Quizá, qui lo sa…

Como cada tarde a la misma hora, ella se asoma al balcón con una copa y
extiende el brazo hacia la ventana de la casa de al lado. Desde allí, él le sirve
el vino, siempre distinto al del día anterior por aquello de romper con la rutina.
Se cuentan las últimas horas —lo que han visto u oído y, sobre todo, lo que
han sentido— mientras disfrutan del vino, perfecta excusa para alejarse un rato
de la tan temida soledad.
A las ocho en punto cada uno deja su copa ya vacía y comienzan a
aplaudir.

«Quiero dormir». Sorbito. Quiero sentir el placer de dormir. Sorbito. Quiero caer
por el abismo del sueño. Sorbito. Quiero cerrar los ojos y perderme en la
oscuridad. Sorbito. Quiero sentir su narcótico abrazo y el calor de su miel
recorriendo mi cuerpo: desde las puntas de los dedos, subiendo despacio por
las falanges, llegando a las manos, a los pies, deslizándose por las
extremidades. Imagino la respiración profunda del dormido: inspira, apnea,
expira. Imito su danza con mis pulmones. Lento. Dentro. Sorbito. Aguanta.
Fuera. Sorbito. Dentro. Apnea. Fuera. Sorbito. No surte efecto. Sorbito. Sorbito.
«Mierda». No queda vino.

Cogí la botella, y sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas. El rojo esmeralda,
brillante, con reflejos dorados al borde de la copa alta me trasladó a otros
tiempos.
–        ¿Estás bien, cariño?
Era inevitable recordarlo. No fueron los aromas a roble, miga de pan, frutos
secos los que me emocionaron, sino el cuerpo redondo y generoso, equilibrado
y aterciopelado de aquellas Garnacha, Cabernet-Sauvignon y, quizá algo de
Monastrell.
No hacía falta hablar. El vino nos ayudó a sobrevivir. Por eso, como cada
sábado noche, cuando los niños duermen, la generación del confinamiento
brindamos por la libertad.

El vino estaba fantástico; y no sólo porque era el mismo con el que nos
enamoramos aquella primera noche.
El sumiller ha vuelto a acertar con el maridaje; y hoy no ha pecado de
indiscreción.
La mesa es la que siempre te ha gustado, bajo la cúpula de cristal; y la noche
estrellada de abril ha puesto el fondo perfecto.
El amor verdadero es un regalo que da sentido a la vida, sin esperar nada a
cambio; y yo sólo puedo darte las gracias… Aunque hoy no hayas podido venir.

Ferviente Oínos:
Me has hecho mucho daño últimamente, y no puedo dejar de pensar en los
rojos besos de tus labios que me hacen vibrar, el sudor ardiente en tu
superficie aunque estés tan frío, tu olor que me transporta a otras vidas en
tierras lejanas, la alegría cuando pasamos tiempo juntos y también la dulzura
que encuentro a tu lado en mis peores momentos.
Querría que siempre estuvieses ahí colmando mi vacío, atravesando mi
cuerpo, desgarrándolo por amor, matándome poco a poco…Sin embargo, el
adiós será más dulce si lo dejamos en amistad.

Oudén

Una historia diligente herencia de una traición. Desde Faraones a Patricios, de
religiosos a Reyes; secreto añejado en ánforas creció en las vértebras de nuestra
cultura. Público e íntimo brindemos con el mejor vino qué diligente nos estimula el
paladar, nos reconforta el alma. Qué el éxtasis de su sabor recorra el cuerpo y el
frenesí de su aroma invada los sentidos.
Un brindis: tras esa botella de vino diligente, será la percepción, el lenguaje
absoluto para descifrar los gustos y placeres de los dioses y descubrir la esencia de
degustar lo exquisito de su sabor hecho milagro.

Un anciano no demasiado viejo volvía a su viñedo tras una dilatada
cuarentena en el hospital, y su capataz le preguntó que cómo se encontraba, a
lo que el anciano le contestó:
– Pues tendré que cambiar de vida, el médico me dijo que ya no podré festejar
tanto con mis amigos, ni prodigar tanto con el dinero, ni recrearme tanto en el
sofá, ni comer tanto como lo hacía.
-Y entonces, ¿por qué te muestras tan contento? Preguntó el capataz.
– ¡Porque el médico no me ha prohibido el vino!

La autoritaria voz reverberó entre los muros de piedra:
-¡Usted no sabe apreciar un buen vino! ¿Dónde está en su vino el sabor
afrutado que tiene el mío?
Palideció el interpelado.
-Pues en el suyo no encuentro ningún aroma de sabor a tierra y el color es
pálido… pero…-dijo temeroso- ¿no cree que nuestra pasión por el vino raya en
la lujuria?
Esto ya era intolerable:
-¡El vino nos es dado como gracia de Dios! y el próximo domingo, no se hable
más, en las fiestas patronales estará mi vino en la consagración, padre Juan –
concluyó el Obispo.

Relatos Cortos

*En orden alfabético

Todo tenía que salir perfecto esa noche, nada podía salir mal. Estaba
temblando debido al miedo pero no le dio importancia. Su marido y su hijo
estaban esperándola sentados en la mesa del comedor, mientras ella
preparaba sus comidas. Las preparó con cuidado, teniendo en cuenta cada uno
de los detalles, cualquier cosa que se saliese de la perfección podría ser un
motivo de pelea. Sus manos temblorosas y el dolor de su abdomen le estaban
provocando ir mucho más lenta.
— ¡Ven de una vez, mujer! ¡Tengo hambre!— Oyó a gritar al hombre desde el
salón, esto hizo que se diera un pequeño susto—. ¿Qué estás haciendo ahí?
Una vez que lo preparó todo, cogió dos platos, uno para su pequeño y otro
para el hombre, se dio ánimos a sí misma y salió hacia el comedor. Notó un
tironcillo de dolor en su muñeca pero no le dio importancia y siguió hacía
delante, en el comedor se encontraban los dos sentados, su pequeño con la
cabeza mirando hacia abajo intentando no llamar la atención del hombre y el
otro, mirándola con un gesto de profundo enfado por su tardanza. La mujer
empezó a repartir los platos, había hecho la comida favorita del hombre, para
así evitar un mal momento. Sin embargo, el individuo miró con asco la comida
que había preparado.
—¿Para esto has tardado tanto? —le preguntó con gesto de fastidio.
—Lo siento, ¿no te gusta? Te preparo otra cosa si quieres.
—No, está bien. Me lo comeré. Pero la próxima vez no tardes tanto.
La mujer afirmó con la cabeza y se sentó al lado del niño que comía lentamente
con un gesto de tristeza, ella le acarició con suavidad su pelo castaño y este,
se asustó e intentó apartarse del contacto pero al ver que era ella, le sonrió y
se dejó acariciar.
—No me has traído bebida—dijo de pronto el hombre, asustándola—. Ve ahora
mismo a traerme algo.
Esta se levantó y fue corriendo hacia la cocina, una vez allí, miró el vino. Lo
preparó todo y de la forma que le gustaba al hombre. Una vez preparado, salió
y lo colocó enfrente del hombre.
—¿Vino? —le preguntó con desagrado—. ¿Es que no hay la cerveza?
—Sí, pero había pensado que este vino te gustaría más.
Ella esperaba que fuera convincente que no se le notase el nerviosismo que
sentía en esos momentos. El hombre se llevó la copa de vino a los labios,

bebiendo un gran trago, al separarla, vio en su marido una sonrisa de
satisfacción, todo estaba saliendo a la perfección.
20, 19, 18…
La mujer observaba al hombre seguir comiendo, tose un poco pero no le da
importancia y bebe otra vez un poco de la copa.
17, 16, 15…
Otra tos sobreviene al hombre, sin embargo, esta es mucho más fuerte que la
anterior, bebe otra vez, se ha bebido más de la mitad de la copa.
14, 13, 12…
El hombre se aparta el cuello de la camisa como si tuviera calor y carraspea
con fuerza, intentando aclararse la garganta. El niño mira interrogante a su
padre, pero sigue comiendo, la mujer acaricia la cabeza del niño con ternura.
11, 10, 9…
— ¡Mujer! ¡Pon el aire, me estoy asfixiando! —dijo el hombre sin apenas poder
hablar.
La mujer se levantó de la silla para así poner el aire acondicionado. El
individuo, sin embargo, parecía seguir teniendo calor y se remanga las
mangas. Hilillos de sudor empezaron a aparecer en su frente.
8, 7, 6…
El hombre siguió bebiendo del vino debido al calor y a la asfixia que sentía
cada vez más en su cuerpo, pero cuanto más bebía, más sentía ese calor y
más tosía. Él tenía una expresión de miedo en su cara.
5, 4, 3…
Comenzó a toser de nuevo de manera escandalosa y sin poder parar, su cara
se tornó de color rojo, él intentaba dejar de toser pero no podía. De su boca
empezó a escaparse babas y vino, intentó limpiársela con una servilleta, al
hacerlo, vio que lo que salía de su boca era sangre.
El hombre se levanta con estrepito de la mesa, dándole un manotazo al plato,
tirándolo al suelo con un gran estruendo provocando que el niño y su madre se
asusten.
—¿Qué demonios le has echado a la comida? —pregunta sin apenas poder
hablar, la mujer apenas lo entiende.

La mujer niega con la cabeza con miedo, siente dolor en la parte de atrás del
cuello. El hombre se abalanza sobre ella, pero ella es más rápida y se aparta
de él, colocando una silla entre ellos.
—No sé de qué me hablas—dice ella—. He hecho tu comida favorita.
El hombre intenta hablar de nuevo pero la tos comienza a apoderarse de él,
sangre cae de sus labios y se lleva las manos al cuello en un intento por
respirar pero no puede. Mira a la mujer e intenta atacarla dándole un guantazo.
2
Pero el hombre no coordina bien sus movimientos debido al dolor y cae al
suelo resollando.
1
El hombre la mira con la cara roja, con los ojos saliéndose de las cuencas en
un intento de volver a ponerse de pie y vengarse de ella pero no puede, no le
llega el aire a su cuerpo. Se oye su pecho resollando con fuerza. La mujer
puede ver como el hombre cae en la conclusión de que va a morir, alarga la
mano hacia ella en un intento de agarrarla pero cae al suelo. El individuo no
despega la mirada de ella en ningún momento.
0
Sus ojos dejan de moverse junto con su pecho y cae al suelo con estropicio.
Durante unos segundos no se oye nada en la cocina.
La mujer esconde su boca con sus manos, intentando esconder la sonrisa que
hay en ella. Por fin los golpes habían terminado, ahora eran libres. Al final, todo
había salido a la perfección.

Cada tarde se sentaba ante la pila de casos pendientes de resolver, con
el único anhelo de ir a joder de la misma manera en la que le habían jodido a
ella. De su primer pensamiento el primer día de facultad sobre querer ayudar a
las personas, había transcurrido ya mucho tiempo: los tediosos años de
carrera, numerosos encuentros desafortunados en el amor, peleas, pero sobre
todo botellas y botellas de vino, hasta encontrar el suyo, el que llevaba
bebiendo años ya, el Matacán.
Con una buena copa de éste durante las comidas, lograba lanzar sobre sus
adversarios todo el odio que llevaba acumulado dentro de su alma en forma de
hachazos finos, sutiles que sorbo tras sorbo, la hacían la más mordaz pero
certera en sus acusaciones.
A media tarde hacía un alto y junto a su copa de vino, revisaba las redes
sociales para ver sobre que incrédulo había caído, como ella lo llamaba, su
veneno de serpiente, ese que aterrizaba cual miel para osos, en lo más
profundo de sus mentes; una vez fue engañada, -nunca más- profirió desde
sus entrañas entre sollozos, solo aquella vez en esa tarde de abril.
En la noche se dejaba llevar por un blanco, el San Salvador, que la inspiraba
más que nada ni nadie en el mundo para preparar la cena, acompañándolo de
un queso tierno, como era ella en su interior, y tras cenar, se dirigía con paso
firme junto a los restos de vino al baño, donde los sabores y aromas se
entremezclaban con el olor a lavanda de su gel. Se recostaba en la bañera
queriendo dejar el mundo a un lado, disfrutando de esa mezcla de sabores, de
olores, queriendo ser en ese momento una bolita pequeña y no esa ave rapaz
en que se transformaba por las mañanas.
Solo la alejaba de su letargo el sonido del timbre anunciando la llegada de uno
de esos osos atraídos por su dulce miel. Al abrir la puerta se encontraba con
otro oso que había caído bajo su trampa, a los cuales obligaba a traer consigo
una botella de vino, ya que como decía su abuela, “dime que vino bebes y te
diré quién eres”, bueno, tal vez no es así el dicho, pero en la práctica siempre
le había sido efectivo, así, el individuo llegaba orgulloso con su tinto de dos
euros de cualquier supermercado que quedaba en la esquina de su casa, y es

cuando ella se daba cuenta de que solo sería un oso más al que amansar en
aquella fría noche de enero.
No hace mucho tiempo, volví a verla, la vi sonriente, acompasaba sus
pasos junto a los de otro hombre, no mucho mayor que ella, caminaba sin
prisa, sin machacar con su tacón puntiagudo las losetas de la calle, ya no
quería dar la sensación de dominar el mundo, sino que se entremezclaba con
el sentir de los demás. En la mirada de ella, solo había orgullo, había vuelto a
respirar, volvía a sentir. Colgaba de la mano de él, que la agarraba con fuerza
pero con delicadeza mientras mirándola le sonreía de oreja a oreja.
Tras las presentaciones, me insinuó que después del toque al timbre y haber
abierto, el dicho de su abuela había hecho justicia para bien finalmente, había
encontrado a un hombre pleno, ella tenía todo lo que él necesitaba y viceversa.
Al preguntar donde se dirigían, me dijeron que compartían la pasión del buen
vino, que habían descubierto que juntos disfrutaban uno del aroma del otro, ese
aroma se entremezclaba en aquel cuarto de baño, junto el aroma a lavanda y
vino, un vino que a partir del momento en que él tocó su timbre, pasó a
convertirse en el favorito de ella, un Bassus dulce, justo como ahora veía
devenir su vida.

“¡Qué Caporetto!” se escuchaba desde ese hueco oscuro debajo de un camión,
una zanja de la que brotaba un olor a grasa lubricante, una pasta negra
apelmazada que cubría el piso y acolchaba el ruido de las herramientas que
caían.
“¡Qué Caporetto!”, brotaba de una garganta agitada, mientras la voz y los
pasos que se arrastraban subían por unos escalones y aparecía un cráneo
redondeado por el pelo blanco, la frente tiznada y los ojos de cielo y hielo,
estallando de lágrimas que nunca caían. “¡Qué Caporetto!” repetía Don Carlín,
ese hombre flaco, de sienes hundidas, mandíbula temblorosa, pómulos que
estallaban bajo una piel con telarañas rojizas y un cuerpo en el que bailaba un
mono que en algún momento fue azul, ahora ennegrecido.
De los puños de esa camisa de franela no aparecían dedos, brotaban flecos
retorcidos de bordes negros. Un conjunto de mugres lejano de ser llamadas
uñas.
“¡Qué Caporetto!” sintetizaba Don Carlín para expresar su fracaso al no poder
arreglar los motores en ese taller mínimo.
Entonces se sentaba en su banqueta chirriante y sólo miraba, conservando
algo de aquella sana melancolía que lo sostenía cuando a su alrededor todo
era tan insensatamente feliz.
Le llegaba la tarde a Carlín para empezar el ritual de los recuerdos clavándose
en lo hondo de un vaso. Son de tarde unos besos que van a flotar en el vino
tinto, un  amor labrado en la sed, transitando calles ausentes de un pueblo
bonaerense hacia la noche, hacia la piel de los regresos.
Cuando la luna se emborrachaba de amores, encendía la alquimia que
esconden los bares, donde los vasos le clavaban los colmillos y lo llevaban a
aquellos paisajes lejanos, preguntándose si llegará a tiempo para borrar los
dolores cuando la idea del regreso lastima y las palabras dichas por los
muertos son las mismas que él susurra aferrándose a la esperanza, que es la
batalla de la vida, sabiendo que a él no lo dejaron solo, simplemente lo fueron
olvidando.
Buscaba su mesa cercana a la pianola, con ese pianista inexistente que él
empezaba a mirar con sus ojos desbordantes de lágrimas que no caían,
cosechando recuerdos que se le retorcían como los sarmientos de aquellos
viñedos que había visto camino al frente de batalla. Recuerdos que lo
entibiaban como el sol madura los racimos de uva y se le arremolinaban como
el viento que baja de las montañas y junta a su antojo las hojas de las vides.
Don Carlín miraba buscando a ese pianista que le daba la música, ese reparo
nostálgico para los que viven de un amor.
Llegaba, casi imberbe, a las colinas del norte italiano, en el lluvioso octubre de
1917, cerca del río Isonzo, con un uniforme que desmembraba su figura
esmirriada que soportaba los 22 kilos de la ametralladora Fiat Revelli.       
 Pisaba la tierra con hedor a pantano ya, un tembladeral desde el que veía el
fondo del valle por donde corrían desbandados los soldados escapándole a la
pesada nube blanquecina y amarilla del fosgeno.
Durante quince días lubricó las municiones, disparó y destrabó su Fiat Revelli
sin poder hacer otra cosa que pegarse al barro para evitar la fragancia a hierba
recién cortada del gas mortal, sin poder gritar siquiera porque no quería morir.

Haber muerto, así, era la peor ofensa para él, que ya había visto llegar y
abrazado aquellos despojos que se desarticulaban, con sus caras llenas de
espuma, con la muerte enseñorándose, con el olor de las bestias sudorosas.
Sólo quedaba el repliegue de los italianos. Carlín corría, dejaba atrás a los
prisioneros, su ametralladora inutilizada, saltaba sobre cañones enterrados en
el lodo, vehículos de carga y animales, con el pesado olor de la podredumbre.
En esa estampida, parte desesperación, parte hambre, parte daga clavada en
su adolescencia perdida, llegó a las ruinas del pueblo de Lucinico y corrió hasta
una casa derruida que contenía los recuerdos de bisabuelos, abuelos, padres y
más de una infancia.
Sonríe Carlín. Sonríe en su silencio de ojos húmedos, callando la felicidad de la
que no habló, pero que supo tener.
Sonríe Don Carlín al verla aparecer entre las ruinas, tan niña, tan desolada
como él. Sonríe porque esa niña espantada era el puente que lo cruzaba del
horror vivido y hoy, mirando hacia el pianista que no está, escuchando el metal
de la música, él podría cerrar sus ojos de cielo y volver a dibujarla, a recorrer
su pelo, su frente, sus ojos, su boca y su mentón, rasgos elegidos entre todos
los rostros que azarosamente es la cara que él pensó.
Sació el hambre y las sonrisas. Bebió, por primera vez, una copa de vino, y
sintió que empezaba a amar a esa niña, a esa mujer, de la misma manera que
empezó a amar al vino: por los ojos.
Volvió a beber, a buscar su mirada, a alzarle los párpados y a olfatear los
bordes de su copa roja y a beberla pensando que bebía la tierra con la punta
de su lengua, llegando a la siembra, saboreando trago por trago, bebiéndola
despacio, dejándola entrar en su garganta, sorbiendo ambos de sus lagares,
dejando entrar al diablo y haciendo del vino su lecho.
Bullía su sangre que lo llamaba a quererla sabiendo que no podía ser de ella, a
desear su cuerpo, sus ojos de vuelo, su risa de vino negro, aunque ella no
hubiera podido quererlo, haciendo de sus polvos los lodos de hoy.
Domina la emoción de su huida, su viaje a una tierra que no dejó de prometer,
lo suficientemente lejos del horror de la batalla de Caporetto.
Domina Don Carlín la emoción, de madrugada, cuando lo ayudan a salir,
cuando ya es sólo un guiñapo del olvido, balbuceando “entiérrenme en aquella
tierra, y rieguen mi tumba con vino para que vuelva la vida y yo llegue a su viña
y vuelva hecho vino para mojar la boca de la que quiero y no me pudo querer”.

Tal vez habían pasado tres o cuatro años desde la última vez que entrase en La
Mesetica. Una pequeña bodega céntrica con un par de mesas altas flanqueando
la entrada, dentro unos barriles con sendos taburetes y un amplio muestrario de
vinos, para acompañarlos con una sugerente carta de quesos e ibéricos. Sobre
la barra presidía un refrán que ilustraba lo que ahí se ofertaba; “Vino y queso
sabe a beso. Jamón, queso y vino a beso divino”.
Claudia y yo solíamos ir con asiduidad. Se podría decir que era nuestro nidito de
amor. Cada poco tiempo nos dábamos un buen homenaje, cualquier excusa
valía; un ascenso en el trabajo, un cumpleaños, nuestro aniversario o porque sí.
Ella, cauta y de costumbres, solicitaba un caldo de la Ribera del Duero. Por mi
parte, solía aventurarme con vinos de la tierra; ya fuesen de Bullas, Jumilla,
Yecla o, más cercano aún, del Campo de Cartagena. Servidos en fina copa, y en
amplio plato el surtido de ibéricos y quesos con sus distintas mermeladas.
Bromeábamos con Fernando; el dueño, un señor de unos sesenta años, curtido
tras la barra. Disfrutábamos de la confianza del cliente habitual. Él aprovechaba
y nos contaba alguna historia tras cada vino que nos servía, le gustaba ser
escuchado y nosotros éramos un buen público. Pura magia con sus anécdotas.
El principal damnificado con la primera fisura de nuestra relación fue Fernando.
Dejamos de ir a su bodega, fiel reflejo de la extinción de nuestro amor,
agonizante durante meses. El nidito de amor ya no era frecuentado.
Me daba apuro pasar por la puerta del local, es más, solía rodear si la ruta que
seguía coincidía con La Mesetica. Estaba tan absorto en esta ocasión, que me
sorprendí mirando el cartel a lo lejos. Tantas cosas en la cabeza, que no me di
cuenta por dónde iba. Otras veces que no había podido evitar pasar por su
puerta, un escalofrío me recorría y me sentía incómodo. Agachaba la cabeza y
apretaba el paso.
Me llegué a detener en la puerta y miré adentro. Ahí estaba Fernando tras la
barra, colocando algunas copas. En los últimos meses, a modo de terapia, iba
quitando los estigmas que me quedaban pendientes. Algo más de tres años tras
la ruptura, era momento de volver a ser quien era y sentirme cómodo en los
lugares que me recordaban a Claudia.
Armándome de valor entré. El tintineo de la puerta alertó al dueño, quien curioso
me miró. Con alegría, se acordó de cómo me solía llamar, “El chico de los
apellidos con aroma a vino”, pues mis dos apellidos tenían raíces riojanas. Me
estrechó la mano y me instó a sentarme a la barra. Sin mediar palabra, me tendió
una copa y sirvió un tinto yeclano, mi favorito. Qué alegría verte, me dijo. ¿Todo
bien? Sí, le comenté. Todo en orden.
Me sentía nervioso, pero al mismo tiempo aliviado, habiéndome quitado una losa
de encima. Me encantaba ese sitio y atreverme a entrar por primera vez solo,
era un gran paso en mi recuperación sentimental, quizá el último peldaño de una
larga escalera. El aroma, el calor y la decoración tal cual los recordaba.

Estuvimos hablando unos minutos, aún era pronto para la afluencia habitual de
clientes. Nos pusimos al día y me confesó que estaba a punto de jubilarse, pero
que no iba a bajar la persiana de su gran pasión. Su sobrina iba a seguir con su
legado.
Un par de semanas más tarde cumplí mi promesa de dejarme ver nuevamente.
Me sorprendió ver la bodega a rebosar y estuve tentado de aplazar mi visita.
Solícito, Fernando me había buscado rápido un hueco junto a la barra, reservado
para los clientes VIP y no pude negarme. Le ayudaba una chica joven, supuse
que debía ser la sobrina. No sé por qué, pero cuando me habló de su sobrina
pensé que se trataría de una mujer madura y no una chica de unos veintitantos.
Pese a lo lleno del local, el ritmo de los camareros era relajado y les permitía
darme conversación. Así fue como me presentó a Alicia, su sobrina, mi
suposición había sido correcta. Morena, delgada y de suaves rasgos. Habladora
y con un ácido sentido del humor, que me impresionó de entrada. Había
heredado la pasión por el vino de su tío, aún por perfeccionar, se notaba que
disfrutaba con ello.
De este modo llegó la hora del cierre sin apenas darme cuenta. Fernando nos
convenció, sin mucho esfuerzo, de que nos marchásemos juntos, él haría la caja
y pondría todo en orden solo, liberando así a Alicia.
Algo en su guiño final de despedida, delató que lo había orquestado todo para
concertarme una cita con su sobrina. Agradecido de que volviese el amor al nido.
El chico de los apellidos con aroma a vino retornó a la vida.

Él entró en casa, cerró la puerta y saludó como siempre, pero no recibió
respuesta. Fue hacia el comedor y allí estaba ella con las manos tras la
espalda. Le preguntó qué escondía, pero ella no contestó. Solo sonrió. Él
preguntó de nuevo. Ella continuó en silencio y retrocedió un poco. Él intentó ver
lo que ella estaba ocultando. Ella le sugirió que fuera a lavarse las manos para
comer. Seguía sonriendo. Él no entendía a qué venía tanta sonrisita y no
estaba nada cómodo en esa situación. Se quedó callado un rato. Entonces, de
repente, le agarró de los hombros y ella se asustó tanto que dejó caer el
sacacorchos que llevaba en una mano. Era la primera vez que él hacía algo así
y a ella le había pillado desprevenida. Afortunadamente, la botella que acababa
de comprar y que llevaba en la otra mano no se le cayó al suelo. No había sido
nada barato ese vino.
– ¿Por qué me asustas? – preguntó ella, molesta.
– No me gustan los secretos.
– ¿Qué secreto? No tengo ningún secreto. Era una sorpresa.
Él no contestó. Ella dejó la botella sobre la mesa del comedor, y se agachó a
recoger el sacacorchos. En casa de sus padres siempre se había celebrado
todo con vino. Y con sus amigas también. Cada vez que alguna conseguía algo,
o aprobaba una asignatura difícil, o anunciaba que iba a casarse, o… Por mil
motivos se brindaba con vino en alguna casa o se quedaba en algún bar a
tomar un vino…
Él se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla. Ella le miró y habló
de nuevo.
– Simplemente tenemos algo que celebrar, así que cuando he vuelto hacia casa
he pasado por una tienda de vinos a la que iba mi padre a veces, y…
– ¿Qué tenemos que celebrar?
– He encontrado trabajo.
– ¿Por qué hay que celebrar eso?
– ¿Cómo que por qué?
– Que no me parece bien que trabajes.
– Perdona, ¿cómo dices?

– Pues eso, que no me parece bien.
– Es que no te tiene por qué parecer bien o mal. Vamos, digo yo…
– No necesitas trabajar. No necesitamos que trabajes.
– ¿No necesitamos? ¿Quiénes?
– Nosotros. Tú y yo. No lo necesitamos. Ya gano yo lo suficiente.
– Me conociste trabajando y nunca he pensado dejar de hacerlo mientras pueda.
Así que no sé por qué me dices esto de repente…
– Ya, te conocí trabajando, pero ahora estás casada conmigo y no necesitamos
que trabajes.
– ¿Y qué hago? ¿Qué propones que haga? ¿Que me convierta en un ama de
casa aburrida, como tu hermana y tu cuñada?
– Hay muchas cosas que hacer en una casa.
Ella ya no contestó. Fue hacia la cocina y empezó a servir los platos. Había
hecho lentejas la tarde anterior. Él fue al baño, se lavó las manos y vio que el
cesto de la ropa sucia seguía igual que por la mañana temprano. Después
entró en su habitación a ponerse algo más cómodo. Se quitó la corbata y los
zapatos. Se cambió la camisa y se puso unas zapatillas de estar en casa. Ella
llevó los platos a la mesa del comedor y se sentó a esperarle. Cogió la botella
de vino y comenzó a abrirla. Entonces volvió él al comedor.
– ¿No has puesto la lavadora?
– No me ha dado tiempo.
– ¿Y qué has hecho en toda la mañana entonces?
– Pues he ido a una entrevista de trabajo y…
– ¿Abro yo la botella?
– No, perdona, sé abrir botellas de vino. Lo he hecho desde muy pequeña. No
es de hombres el abrir una botella de vino.
– Yo no he dicho que sea de hombres.
– Pero sí has dicho que trabajar es de hombres.
– Tampoco he dicho eso. No tergiverses mis palabras. Solo he dicho que no
necesitamos otros ingresos aparte de los míos.

Ella terminó de abrir la botella y sirvió las dos copas. Bebió un poco de la suya.
Al vino no le había dado tiempo de airearse, pero eso a ella ya le daba igual.
No trató de brindar con él. Dejó la copa sobre la mesa y miró al plato.
– Se estarán quedando frías- dijo mientras empezaba a comer.
Él dio un sorbo al vino. Dejó la copa y cogió la botella para leer la etiqueta.
– Este vino es para cenar, no para comer- dijo dejando la botella sobre la mesa
y cogiendo la cuchara para empezar a comer.
– Anda, mira… Es la primera vez que oigo que haya vinos para cenar y vinos
para comer.
– Pues es cierto. Los hay.
– Bueno, pues muy bien.
Él, tras tomar un par de cucharadas, cogió el salero, que siempre estaba en el
centro de la mesa, para echarse un poco de sal.
– Están sosas, como tampoco sé cocinar- dijo ella al verle con el salero en la
mano.
– Yo no he dicho nada. Lo has dicho tú todo. Te lo dices tú todo siempre.
Tras dejar el salero tomó varias cucharadas. Ella siguió comiendo en silencio.
Cuando acabó su plato habló de nuevo.
– Ya he firmado el contrato. Empiezo el lunes.
– Pues no vas a ir.
– ¿Pero qué dices?
– Que no vas a ir.
– Ni siquiera me preguntas qué trabajo es o qué sueldo tengo… Solo se te
ocurre prohibírmelo.
– No te lo he prohibido. Simplemente he dicho que no vas a ir. No lo
necesitamos.
Ella se levantó de la mesa. Enfadada, tiró la servilleta sobre la silla y fue hacia
la habitación.
– En la cocina hay unos filetes. Sírvetelos tú. Yo no voy a comer nada más, no
me encuentro bien- dijo mientras cerraba la puerta de la habitación.
Él dejó la cuchara a un lado del plato, tras terminarse las lentejas. Tomó la
copa y bebió un poco de vino.

Cuando fue sábado.
Nos sentamos a la mesa sin conocernos, era la primera vez que te veía, estaba
callado y atónito delante de ti. Tú, quizás a disgusto, dejaste escapar un
suspiro. Fue cuando cayó aquella pregunta que lo cambiaría todo, no tardaste
mucho en responder.
No deja de ser curioso cómo simples detalles de vidas paralelas,
aparentemente desconectadas, se unen en un momento para entrelazar sus
caminos, de las maneras más curiosas. Te conocí en una de esas aplicaciones
banales de citas. Me costó mucho obtener un hola tuyo, imagino que era parte
de tu interés o el simple hastío de recibir cientos de mensajes diarios con todo
tipo de proposiciones. ¡Ah! Pero un día vi en mi bandeja de entrada ese ¡hola!
Ese día fue jueves, y el corazón me latió como el galopar de un caballo, tímido
respondí a tu hola, y aún no recuerdo qué tontería dije, pero sí recuerdo tu risa;
ya sé que fue un simple y onomatopéyico “jajajaja” ¡Pero oye! En mi cabeza
imaginé tu voz como el retumbar de una revolución. Ese día hablamos por un
par de horas de nuestras vidas, entre mentiras, sueños y duras realidades.
Cuando fue viernes la confianza se había abierto paso y pasamos al
intercambio de números. La conversación se volvió más sincera, con
pensamientos de futuro, ganas de vernos, y hasta el simple intercambio de
títulos de películas aportaba luz al momento.
Entonces fue sábado y el mundo que conocíamos cambió. La imposición del
tiempo entre los dos fue un duro golpe que asumimos con cierto tono optimista.
¡Bueno! Serán dos semanas. Dijimos. Las ganas de sentarme delante de ti y
ver ese “jajajaja” salir de tu boca me aliviaron las horas de confinamiento. Y
fueron dos semanas que se convirtieron en cuatro, hasta ser seis. Las charlas
a veces más íntimas se convirtieron en nuestra rutina, las fotos de las
vacaciones, las preguntas para descifrarnos y las preocupaciones eran nuestro
día a día; llegamos a querernos en textos, a desearnos en palabras, a tener un
claro objetivo ¡Conocernos!
Cuando el anuncio del fin llegó, los aplausos superaron lo previsto, la emoción
de redescubrir el mundo se respiraba en cada poro y entonces, la tragedia. El
positivo que podría sellar el destino, el diagnóstico maldito, la agonía de estar
enfermo, el martirio de no poder verte, el estar nuevamente aislado, el dolor de
perderme, de ser tan solo un recuerdo, de desaparecer sin huella alguna, se
convirtió en mi realidad. La fiebre avivaba los temores, la medicina me hacía
oírte en sueños en donde retumbaba aquel “jajajaja”. Pero al despertar
comenzaba de nuevo la tortura de volver a existir sin ti.

Dos semanas pasaron cuando llegó el alta médica. Y en tu bandeja asomó un
¡hola! Sin respuesta. Puedes imaginar el vacío que sentí, acabé siendo
invisible, pese al milagro de estar vivo. Hasta las seis de la tarde, cuando un
aluvión de mensajes, entró como avalancha en mi bandeja. ¡Eras tú! Tanto que
decir, tanto que contar ¡Quiero verte! Escribiste. Y Rápidamente pusimos fecha
y hora.
Y allí estábamos; los dos en la misma mesa, uno delante del otro sin saber qué
decirnos. Y entonces, la pregunta llegó sin preámbulos: ¿Qué desean beber,
vino tinto o blanco? Cuando al unísono dijimos: ¡Tinto, por supuesto! Fue allí
cuando aquel “jajajaja” de textos, salió de tu boca, con tu aliento, acompañado
del brillo de tus ojos. Levantamos la vista y nuestras manos y miradas, se
unieron por fin, sobre aquella mesa, cuando fue sábado.

Ramiro bajó de la ranchera y respiró el aire limpio de la montaña. Hacía una semana que
lo habían destinado a la comarca y no dejaban de sorprenderle sus increíbles paisajes. Al
fondo vio la figura de Antonio sentado en el porche, bajo la sombra de la tarde. A su
espalda quedaba la hacienda de piedra y a los lados abundantes viñedos de madera vieja
y retorcida.
Fue hacia el porche con paso tranquilo. El calor suspendido de última hora del día
ralentizaba los movimientos.
– Buenas tardes, agente.
– Hola. Usted debe ser Antonio. Mi nombre es Ramiro, nuevo oficial de la comarca.
– He oído hablar de usted.
Antonio hizo un gesto para que tomara asiento.
Ramiro se quitó la gorra y sacudió el sudor de su frente.
– Dígame, agente, ¿a qué se debe su visita?
– Ayer recibí una llamada de lo más extraña. Una vecina decía haber encontrado
un coche estrellado, a la altura del cerro del Ángel. Un coche de alta gama. Salí hacia el
cerro tan pronto como pude y dentro, tras remover el amasijo de hierros, encontramos un
cadáver con varias heridas de bala. Varios testigos han identificado el cadáver. Un tal
Mariano, uno de los terratenientes de la comarca.
– No me diga. Qué desgracia.
– Sí, así es. Una desgracia. Eso hace que yo me pregunte, ¿quién pudo haberle
disparado?
– No tengo la menor idea, agente dijo Antonio . ¿Quiere probar la cosecha del
año pasado? Esta mañana hemos descorchado la primera botella.
– Gracias, pero estoy de servicio. Querría hacerle un par de preguntas acerca de…
– Solo una copita. Ha venido usted el día del descorche, está obligado a probar mi
vino dijo guiñándole un ojo. Una gota de sudor colgaba de una de sus patillas. 
Ramiro mantuvo la vista fija en los ojos de su anfitrión y finalmente afirmó en
silencio.
Antonio llamó a María, la sirvienta, y le mandó traer la botella y un par de copas.
María volvió al poco, sirvió las copas y se retiró en silencio.
Levantaron el vino, observando su color rojizo contra el cielo del atardecer.
Después lo llevaron a la boca.
– Sabe, mi vino es una porquería dijo finalmente Antonio , llevo años
intentándolo, pero cada vez me sale peor.
– Es cierto, el vino es horrible dijo probándolo de nuevo . Respecto a lo de
Mariano…
– Los franceses. Esos sí que saben cómo se hace. ¿Le gusta a usted el buen vino?
– Antonio, me encanta el vino, pero he venido aquí para hacerle unas preguntas
acerca de la muerte de Mariano. Hay voces en el pueblo que afirman que vuestra relación
era un poco… ¿cómo decirlo?
– Complicada.- dijo cogiendo la copa y bebiendo su último contenido. El sudor
bajaba por su cara redonda y gorda hasta llegar a la barbilla. Hemos tenido nuestras diferencias.

– Solo quiero hacerle unas preguntas acerca de vuestra relación.
– Y yo las responderé encantado. Pero antes voy a pedirle un favor dijo
levantándose con dificultad de la silla , don Ramiro, le he dado a usted a probar esta porquería. ¿Qué clase de anfitrión sería si no le ofreciera algo, digamos, de su categoría?
– Le he dicho que estoy de servicio. No bebo cuando estoy de servicio.
– Ya casi es de noche. Vamos, agente, acompáñeme a la cava. Al menos échele un
vistazo. Después responderé a sus dichosas preguntas.
Ramiro lo miró detenidamente. Antonio se deshacía en sudor pero no perdía la
seguridad en cada gesto. Finalmente aceptó y entraron en la hacienda.
El sótano era pequeño y frío. Unos estantes hexagonales de madera forraban las
paredes, dando la impresión de estar dentro de una colmena repleta de vino. Una
pequeña bombilla colgaba en el centro, dejando a oscuras las esquinas.
Antonio cogía las botellas con cuidado, leía las etiquetas y volvía a guardarlas.
Ramiro esperaba junto a la escalera. Sintió un ligero mareo que asoció al cambio de
temperatura. Había algo en el ambiente que no le dejaba pensar con claridad.
– Venga aquí, señor agente.
Antonio le ofreció una botella.
 – Cójala con cuidado, no la mueva. Un Nuits-Saint-Georges del siglo pasado. ¿No
le parece una maravilla?
– Sí, sin duda. Pero se me está acabando el tiempo. Volvamos al porche.
Antonio lo observó de pies a cabeza, sonriendo con cierto desprecio.
– Bien. Aun así probaremos el vino. Subamos.
Volvieron al porche y Antonio dejó sobre la mesa un sacacorchos, dos nuevas
copas y la botella.
– Yo serviré el vino. Usted haga sus preguntas.
El interrogatorio terminó cuando acabó la botella. Ya era tarde y la noche se había
cerrado sobre la hacienda.
–  Creo que con esto bastará dijo Ramiro. Pudo ver cómo los ojos negros de María
observaban tras la ventana.
– Le deseo suerte, don Ramiro dijo Antonio tendiéndole una mano fría y blanda.
Ramiro subió al coche, lo puso en marcha y se alejó de los viñedos. La ranchera se
movía ronca por los caminos quebrados que llevaban a la comarca.
En un recodo del camino aparcó y tomó asiento sobre el capó. Al fondo, detrás de
la sierra, se insinuaba la luna, iluminando la silueta rocosa contra el fondo duro de un cielo
sin nubes. Ramiro pensó que a fin de cuentas el caso era como esa luna que se intuye, el
asesino escondido tras la montaña.
El vino persistía en su boca, una mezcla de sabores que no terminaba de
identificar. Otra cosa que se esconde, que solo llega a intuirse. Quizás ya había llegado el
momento de volver a comisaría, pensó Ramiro, de volver al trabajo y esconderse, él
también, tras su particular montaña.

Tan serena, tan tranquila, tan estoica, con una paz que alteraría por
genuina el descanso de un difunto, así te mantuviste cuando pronunció el
abuelo frente a las dos por primera vez aquella tarde de martes esa palabra
que ya conocías: Párkinson. Terminó de pronunciar la maldita palabra y apuró
el chato de vino, ese que se tomaba a escondidas del cardiólogo todos los
días.
Estábamos los tres en tu casa de la playa, tú sentada en la silla roja que
tanto te gustaba por los reposabrazos y porque te permitía levantarte y sentarte
de nuevo sin problemas. Acababa de pronunciar el nombre de tu castigo y tú
solo tenías ojos para mirar con desaprobación el chato. Así eres. Mujer
autónoma, mujer independiente hasta la médula, mujer todoterreno, mujer que
lo sabe todo, mujer que lo controla todo y a todos, mujer que se desvive. Esa
eres tú. Yo a tu izquierda y él, en la mecedora, frente a las dos. Párkinson. No
lo creí en un principio, pero de pronto esa palabra enraizó en lo más profundo
de mi mente y comenzó a cobrar sentido, se apoderó de mí y estremeció los
cimientos de mi alma. Párkinson: maldeciré tu nombre, escupiré en cada una
de tus sílabas.
Allí estabais, a punto de tener una discusión por el fugitivo chato de vino
y yo, sin embargo, sintiendo que el mundo de repente era aún un poco más
cruel, sintiendo el vacío divino por primera vez como una realidad tangible: no
había Dios, de haberlo no permitiría que de nuevo tu vida se sacudiera hasta
los cimientos. No. Yo libraba una batalla por dentro, renegando de todo lo
humano y lo divino y tú, allí, a mi derecha, te sujetabas con elegancia la diestra
con la siniestra para que no percibiera el incipiente temblor, tranquila, serena,
como el agua del mar por la mañana en las playas en las que me viste crecer.
Aquella tarde vi, por primera vez, y a pesar de que siempre me lo dijeron, tu
reflejo en mí: aquella tarde comprendí de donde sale mi entereza, aquella tarde
pude ver como nada te tumba, vi el titanio en tus venas. Aquella tarde vi la
mujer que quiero llegar a ser, y yo por ti seré.
Cenamos juntos, los tres, como cada noche en la casa de la playa.
Vosotros hablabais de banalidades, yo me evadía rellenando el chato del
abuelo a escondidas para que si se te ocurriese contar el saldo siguiese siendo
siempre uno. Era casi un bálsamo lo recurrente de la situación; por un
momento no había cambiado nada, por un momento, hasta que el trozo de pan
cayó al suelo. Te había fallado la mano, cayó junto a ti y tú, que a saber el
tiempo que llevabas luchando contra lo inevitable, te rompiste como la cuerda
de un violín al verlo. Se hizo el silencio, un silencio nervioso al cual siguió la
tensión, que se cortaba con cuchillo. Reaccioné rápida, fui hasta ti, evitando tu
respiración profunda y la lágrima que ya se te había caído y me agaché para
recoger el pedazo. Si pensaba que el silencio había sido duro es porque no

contaba con el mazazo que me esperaba al levantarme: Volvía a erguirme
cuando de repente te vi a través del vidrio tintado de rojo del chato. Te perdías
en un mar borroso de huellas sobre el cristal, con tus lagrimitas cayendo. En
silencio, sin apenas un quejido tú mirabas la mancha de aceite que había
dejado el trozo de pan en el suelo, yo te miraba a través del vidrio: entre nubes,
parecías desaparecer, hundirte en un mar oscuro, casi negro, que te tomaba, te
manchaba del mismo color y te tragaba. Tú te ahogabas en el mar de tinto, yo
ya no podía respirar.
Volví a mi sitio con el trozo de pan en la mano y lo dejé caer sobre el mantel sin
separar la vista del chato ni un segundo.
—Nena. El abuelo me susurró. Me costó reaccionar y separar la vista del
recipiente de tu ahogo. Ejercicio en vano, pues me señaló con un amago de
cabeza el vaso: de nuevo el cilindro reclamaba mi atención. «Quiere más»,
pensé. Tomé la botella pero tuve que volver a dejarla sobre la mesa. Ahora era
mi mano la que temblaba. Pánico. Ansiedad. «Respira hondo. Una. Dos. Tres.
Dentro. Apnea. Fuera». Tomé de nuevo la botella y en lo que me pareció una
secuencia de fotogramas a cámara lenta la acerqué al vidrio, la incliné, le
rellené el chato. «Mierda», la mano me temblaba tanto que había derramado
una gota burdeos sobre el mantel. Quería gritar: el tinto te bebe, la mano me
tiembla y sin embargo a mi alrededor Matías Prats no se calla, el chato ni se
inmuta y vosotros dos habéis vuelto milagrosamente a la normalidad. En
aquella estampa de rutina que se pintaba ante mí todo seguía tediosamente
igual, como cada día durante tantos veranos: tú y tu marido cenabais
tranquilos, serenos, viendo las noticias; el mundo seguía mientras yo me
agitaba por dentro y maldije mi torpeza. Dejé la botella sobre la mesa. Acabada
mi cena me fui, rápido. La mancha oscura se extendía por la tela y yo sentía
que intentaba alcanzarme.

En la comarca de Anguiano, unos viñedos ancestrales dotaban a la zona del
mejor vino de la región. Un vino rojo de gran sabor, aroma y color. El señor del
valle, un déspota mal criado, solo tenía un sueño: que le reconocieran que
tenía sangre azul. Para ello a las doce en punto, con un bastón en la mano y
una copa de vino en la otra, hizo llamar a su siervo.
—¿Jimeno?
—¿Mi señor?
—Contéstame a una pregunta: ¿Qué color tiene mi sangre?
—Roja, mi señor.
—Asqueroso bufón.
Dejó su copa sobre la mesa y con el bastón le asestó un golpe seco. Sobre la
cabeza calva del criado brilló un hilo de sangre.
—La tuya es roja, ¿no lo ves? Fuera de mi vista.
Empecinado, volvió a la carga al día siguiente:
—¿Jimeno?
—¿Mi señor?
—¿De qué color es mi sangre?
—Roja, mi señor.
Con más fuerza que nunca, se levantó y le golpeó de nuevo con el bastón.
Jimeno ya estaba alerta y pudo esquivarlo por poco.
—Desaparece de mi vista, mugriento.
Alzó su copa para admirar la trasparencia del caldo. Sumido en sus
pensamientos, sorbo tras sorbo, copa tras copa, se quedó dormido.
No fue distinto el día siguiente, y el siguiente y el siguiente.
—¿Jimeno?
—Mi señor.
—¿De qué color es mi sangre?
Ansioso, esperaba una vez más su respuesta, que el obstinado fámulo
desistiera de su cabezonería.
—Hoy no le contestaré, su excelencia lo hará por sí mismo.

—¿Qué estoy oyendo? ¡Qué bravuconería! Como me llamo Don Simón que lo
harás.
Horrorizado por la desfachatez de su siervo, agarró la copa de vino y bebió
hasta acabarla. Trastabilló para levantarse, pero logró ponerse en pie. Alzó el
bastón para castigar a Jimeno, pero al abrir la boca para gritar, le detuvo en
seco un borbotón de sangre como vino tragado.
—¿Qué me has hecho asesino?
—Ya lo dije, mi señor: hoy lo vería por sí mismo.

La cena había acabado hacía un rato. Judas había sido el primero en salir, con la excusa
de que tenía que aliviarse. El resto del grupo fue abandonando la casa en animada
conversación. Sólo un miembro del grupo se rezagó unos momentos para despedirse del
dueño de la casa.
– Gracias por cedernos tu casa esta noche. Ellos no lo saben, pero esta cena ha sido
especial. Has sido muy amable, José.
– Ha sido un placer tenerte aquí. Sólo espero que todo haya sido de tu agrado.
– Por supuesto que sí. Un lugar acogedor, buena compañía, unas viandas abundantes
y un vino… realmente bueno, José. – Añadió el hombre barbudo, de sonrisa franca y
mirada algo triste.- Gracias, de nuevo por tu hospitalidad, pero debo marcharme ya.
Los hombres se despidieron con un apretón de manos. José de Arimatea, volvió adentro.
Mientras veía a los criados recoger la mesa donde habían cenado sus invitados, se sirvió
una copa del mismo vino que se les había servido a ellos. Realmente era bueno. Y caro,
de Canaán. No tenía sentido desperdiciarlo. En una pequeña ánfora recogió lo que había
sobrado en los vasos. Es curioso: el hombre del que se acababa de despedir apenas
había probado dos sorbos del suyo. Con un suspiro lo echó también en la pequeña
ánfora, sin sospechar, siquiera, que poco después tendría que desclavar el cuerpo de su
invitado de una cruz romana y enterrarlo en su propio sepulcro.

. . .

Guillermo de Mauzac estaba harto de las cruzadas. Demasiada muerte y sangre en
nombre de unas ideas que para él siempre habían simbolizado virtud y buenas obras.
Pese a lo que dijera el Papa, no podía entender que matar mujeres y niños, por muy
herejes que fueran, glorificase el nombre de Dios. Pero un soldado cumple órdenes, y
eso había hecho Guillermo durante los últimos cuatro años en Jerusalén. Ahora, una
caída del caballo había roto su cuerpo dejándole inútil para la batalla. Volvía a casa, a su
querido Mauzac, a orillas del Garona. Y con él llevaba a Francia un tesoro, hallado en las
catacumbas de la ciudad. Una pequeña ánfora de vino, sellada con cera de abeja, que se
encontraba junto al cáliz en que José de Arimatea había recogido la sangre de Cristo y al
sudario que había acogido el cadáver resurrecto. Según la leyenda, esa ánfora contenía
lo que quedaba del vino que los labios de Cristo habían tocado en la última cena. Perdida
su fe en una iglesia corrupta, decidió construir un lugar donde depositar la reliquia y
mantenerla a salvo de aquellos que sólo la usarían en beneficio propio o para justificar y
alimentar sus deseos de poder.

. . .

Jacques de Bansant, el conocido como sumiller de reyes, jadeaba de dolor, atado al potro
de tortura, en los subterráneos calabozos de La Bastilla. El mismísimo Napoleón lo estaba
interrogando en persona, preguntándole una y otra vez por el Vino Santo, el Grial Rojo,
del cual, según sus espías, Bansant conocía el escondite. Con su último aliento, Jacques
susurró al oído del emperador.
– Solo quien bese la mano de mi amada será digno de hallar el camino a la
fuente donde yace en secreto el Segundo Grial
– Sois viudo desde hace años, Bansant. Con mentiras no evitarás tu suplicio.

Con un gesto de asentimiento hacia el verdugo, el hombre más poderoso de Francia
se marchó, dejando al sumiller en sus manos. Los gritos duraron horas, mas el reo
no pronunció palabra alguna más antes de morir.
. . .

Dos jóvenes se acercaban a buen paso al Convento de Saint Ciprien, a las afueras
de Mauzac.
– Vamos a ver, Eugène, ¿la única pista en el diario de Bansant que encontraste
entre los papeles de tu bisabuela era que había que encontrar a su amada?
¿Entonces, que hacemos en Mauzac, en vez de estar en el cementerio de
Père Lachaise donde está enterrada su esposa, Margueritte?
– Creía que ya te lo había explicado, Simón. Ciertos pasajes del diario me
hacen sospechar que pese a su matrimonio con Margueritte, que fue por
conveniencia, el verdadero amor de Bansant era su cuñada, Emeraude, que
tras la boda de su amado entró como monja de clausura en este convento,
llegando a ser madre superiora.
Con estas palabras llegaron al apartado lugar de culto, ya abandonado desde hacía
mucho tiempo, y no sin cierta reserva, localizaron la tumba de Emeraude de
Sapinnoir.
– Espero que sepas lo que hacemos. – dijo Simón, empujando la tapa del
sarcófago que representaba una monja yacente. – Esto es profanación.
Simón calló. Entre los restos que aparecieron a la vista había un anillo con un sello,
en el cual aparecía una espada templaria, un ánfora de vino y unas líneas
onduladas, representando agua. Tras algunas pesquisas en el ayuntamiento de
Mauzac, averiguaron que era el escudo de Guillermo, un templario que en su época
había hecho construir un pequeño castillo a unos cincuenta kilómetros río Garona
arriba, de camino a Toulouse. También averiguaron que tras las cruzadas, Guillermo
se había cambiado el apellido por Vinsant (“Vino Santo”), que curiosamente se
pronunciaba igual que Bansant. Todo parecía cuadrar. Eugène y Simón se dirigieron
de inmediato a las ruinas del antiguo castillo.
Apenas quedaba nada de la fortaleza. Solo un montón de sillares desparramados
alrededor de lo que debía haber sido una torre central cilíndrica. Con gran dificultad
entraron en ella y tras no poco esfuerzo hallaron la entrada a la antigua bodega,
donde sobre un pedestal yacía un pequeño cofre y dentro de él un mapa y un
pergamino cubierto de símbolos extraños.
– ¿Y esto que significa, Eugène?.- preguntó, perplejo, Simón.
– Que la búsqueda apenas ha empezado.- contestó su amigo con una sonrisa y
un brillo pícaro en los ojos.

¿FIN?

Se encuentra esposado a la mesa de la sala de interrogatorios. Enfrente una
ventana de espejo a través de la cual se sabe y te sabes observado. No denota
preocupación, su rostro muestra un rictus alegre inapropiado para la situación.
Llevas acumuladas cuarenta y ocho horas de guardia, sin descanso, los
párpados te pesan toneladas, te cuesta mantener los ojos abiertos. Entras en la
sala para iniciar el interrogatorio, acercas una silla y te sientas al otro lado de la
mesa. Le ofreces un vaso de agua. Lo rehúsa.
– Yo solo bebo vino.
Le diriges una mirada incrédula. No comprendes su actitud. Sabes que lo han
detenido por conducir ebrio y dar origen a una trifulca con agresiones de arma
blanca.
– Solo hablaré si me traen una botella de vino y si es de Murcia mucho mejor,
sabes, es que me tira la tierra.
Piensas que el tío está majara. No vas a permitir que un imbécil te bufonee.
Sacas la pistola reglamentaria USP Compact 9 mm., pones el cañón bajo su
barbilla, quitas el seguro, levantas el percutor y le preguntas:
– ¿Disparo?
– ¡Dispara, dispara! -te contesta riendo a carcajadas.
Su actitud te exaspera y decides que no le vas a dar oportunidad de que
continúe con la chanza.
-¡Bang! ¡Bang!

Su sangre te salpica y alcanza el espejo. Cae a plomo sobre la mesa y ésta se
va cubriendo rápidamente del fluido rojizo que la desborda y lenta y
acompasadamente comienza a gotear sobre el suelo.
Te preguntas como has podido cometer tal osadía si eres un representante de
la ley y además en la sala de interrogatorios hay grabación permanente de
video y sonido.
– Muy sencillo, no ha sido tu voluntad, sino la mía, la del autor.

Aquel jueves no fue como los vividos hasta entonces. Recuerdo la llamada
ahogada de mi madre pidiéndome que volviera. Las 10 llamadas perdidas de
mi padre preocupado por mí. Mensajes de gente que no había venido a mi
memoria durante los rutinarios días previos. Todo era preocupación, miedo y
ansiedad.
Un virus asolaba a la población, y para los que vivíamos lejos de nuestras
casas esto suponía una incertidumbre por partida doble: la ignorancia de saber
qué pasaba y la de si podríamos volver con nuestras familias.
Mis planes para aquellos días eran los propios de una estudiante de doctorado
que vive con sus amigas y en la misma ciudad que su chico. Quizá dejarnos
caer por la Vinería de al lado de casa, luego tomar algo en el Cheese Salon y
probablemente terminar de copas en el bar favorito de mi amiga Sam, que para
eso era la cumpleañera. El viernes se presentaría envuelto en el halo de
resaca propio de los viernes, pero se iría suavizando con un buen café en el
LaB y una peli en casa de tranquis. O quien sabe, igual apetecía volver a salir.
El virus, como veis, era lo único que no entraba en nuestros joviales planes. Y
sin embargo, fue el que acaparó todos los jueves y viernes siguientes durante
más de 5 meses.
Así que aquel jueves por la tarde, de sopetón, todo dio una vuelta de tuerca y
nos vimos cogiendo lentos autobuses y viejos trenes para llegar a casa.
En mi ciudad todo era insostenible. Mis padres atemorizados, me hicieron
aislarme en mi habitación durante una semana por si presentaba síntomas. La
psicosis parecía apoderarse de todos los cerebros que antaño parecían
seguros de sí mismos y confiados. El virus no sólo desmontó nuestros planes,
si no también muchas vidas.
Fue triste y doloroso, pero también nos enseñó muchas cosas.
Fue típico durante aquel período ver series y películas apocalípticas para
aprender algo de ellas. Recuerdo obsesionarme con una de zombis y decidir
que si esto derivaba en algo peor buscaría el arma perfecta, a poder ser, que
hubiera salido en alguna película de mi admirado Tarantino.
Cuando salí del aislamiento de 7 días en casa, aprendí a disfrutar de un sofá,
de un abrazo, y de leer un buen libro como no lo había hecho antes.

Pasados los 5 meses, aprendería a disfrutar de cualquier nimio detalle que
conformaba mi vida antes del virus y que por común no apreciaba.
Durante esos 5 meses, éramos 6 personas en una casa de pocos metros
cuadrados. Fue cansado, agotador y explosivo. Eso cuando manteníamos la
calma, si no, la casa era un rin de pelea y el miedo se convertía en el árbitro.
Pero, de todos esos momentos y sentimientos humanos vividos, de todas esas
experiencias distintas e inimaginables para mí, con lo que me quedo, es con lo
pequeño. Lo pequeño que se me antojaba insuficiente en un principio. Y que
luego, por el contrario, se convirtió en mi centro y mi placer.
Hablo de compartir momentos con las personas que amas. Así, para salir de
ese estado mental apocalíptico y exasperante, cada noche de jueves y viernes,
disfrutaba con mi padre de una copa de su vino preferido. Y no puedo creer
que ese pequeño y quizá para muchos, superficial, momento, calara tanto en
mí.
Así que si ahora me preguntas, qué necesitaría en un apocalipsis… está claro
que una katana, un buen libro, y el vino preferido de mi padre.

Hace seis días se había despedido de Chato, su mejor compañía, su último
amigo. Alguien a quien hablar, con quien ir a la huerta por las mañanas y pasear
por el viñedo hasta el atardecer. Alguien que le había sido fiel, cuando a los que
no les dio por abandonar el pueblo, les dio por morirse. Chato, ahora, formaba
parte de estos últimos. Y a él, a sus 90 años, le había tocado enterrarle. Chato
era un perrazo mezcla de mastín y lobo, con calvas en el lomo, cicatrices de
correrías de mocedad y una otrora boca amurallada, desvencijada ahora por el
paso del tiempo. ¡Hasta eso tenían en común!
Desde la ausencia del can sentía haber envejecido de golpe; apenas conciliaba
el sueño y si los días no parecían terminar nunca, las noches no tenían fin. Creyó
que al séptimo día descansaría, pero la noche previa el viento le llamó, como si
quisiese que le acompañase a los cerros. Primero, al repiquetear las
contraventanas de madera, después, golpeándolas con apresurada insistencia.
Cerró los ojos y confío en un nuevo amanecer.
Pero no todos los días sale el sol o, al menos, no lo hace para todos. A la mañana
siguiente, abrió los ojos y nada vio, trató de recordar si, a consecuencia del
maldito Cierzo, habría echado el postigo de las contraventanas de la casa. Sin
apenas tropiezos, llegó a la ventana de su dormitorio, la abrió y trató de empujar
hacia fuera el panel de madera, pero no tocó nada, salvo un aire frío e incómodo.
Logró llegar hasta el baño, golpeándose más con su propio aturullamiento que
con los escasos muebles con los que contaba la vivienda. Llenó la palangana de
agua y se frotó los ojos. Nada. Negrura absoluta y, por primera vez en su vida,
sintió el desmedido peso de la soledad.
De golpe le soliviantó el susurro de su nombre. Tenía la boca seca y pastosa y
le costaba articular palabra, habría querido gritar un ¿quién anda ahí? o, al
menos, un gruñido bravío de advertencia, pero antes de que pudiese tener una
nueva oportunidad, el ventanal se abrió de golpe y penetró el ulular del viento
frío del norte. Un siseo continuo y desaprobador, presagio de desgracias. Los
gruesos muros de piedra parecían conformados por cavidades que aumentaban
el retumbar del viento, la madera crujía lamentándose mientras se quebraba.
Sentía la casa dar vueltas, como si bailase una danza macabra.
Creyente él, en sus cosas, pero creyente al fin, rezó a la Virgen. Sintió la
humedad en su piel, la escarcha en sus venas, lo ateridas que estaban sus
extremidades y, aun así, quiso presentar batalla, o al menos recobrar la dignidad
de quien, habiendo errado mucho, poco tenía de lo que arrepentirse; así que
trató de llegar hasta el portón de la bodega soterrada.
Se hallaba totalmente desorientado, incapaz de discernir entre izquierda y
derecha. Se dio de bruces contra una pared, se golpeó las espinillas, tropezó y
cayó sobre el frío suelo. Se arrastró, gateó y porfió con ahínco, mientras el viento
lo zarandeaba tan pronto lo sentía erguirse. Un vendaval de locura, un rugido de
desasosiego, un continuo rechinar de goznes, de crujir de puertas y ventanas,
interrumpidos de vez en cuando por el estallido de vidrios rotos.

Pero por fin había llegado. No sabía cómo, perdido en su propia casa. Pero la
trampilla estaba ahí, la sentía, podía aferrar su cerrojo oxidado. Una pequeña
risa fúnebre se le dibujó en la palidez de su rostro mortecino, ¿y si no tuviese
fuerzas para abrirla? Sus manos entumecidas y con artritis las sentía retorcidas
como los troncos de esos majuelos que plantó su padre donde no crecía nada.
El viento parecía empeñado en desasirle y arrancarle cualquier idea de la
cabeza, atronando cada vez con más fuerza, como si le molestase que el viejo
no cejase en su empeño de creerse junco.
Al primer empujón el pestillo cedió, tanteando las paredes bajó lentamente la
hilera de empinados escalones El viento pareció huir volando, lejano ya su
estruendo y alboroto.
El viejo vio en su mente una mesa de piedra, recordó los troncos apoyados en
las paredes a modo de bancos y, tan pronto su corazón se ralentizó, un aroma
familiar le embriagó. Era el olor de la madera envinada, de la humedad y los
hongos, de tantos recuerdos de su vida. Encontró un cazo, abrió el grifo del tonel
y se llevó el vino, añejado desde quién sabe cuándo, a la nariz.
Era un vino recio, como él, muy viejo y cansado, se imaginó que habría perdido
color. Había vivido tiempos mejores, pero su aposento de duelas distaba de ser
un féretro. El vino estaba todavía vivo. Olía a desván, a lana mojada y ebanistería
como de banco de iglesia e incienso. En boca le reconfortó, le pareció de
primeras amargo y corto, pero al tercer sorbo se expandió por su boca llevando
calor desde su cabeza a sus pies.
Un chisporroteante entusiasmo le recorrió el cuerpo, hasta que lo atajó con
recuerdos de vejez, ceguera y soledad.
¡De pronto le sobresaltó un pálpito! ¿Qué vieja barrica era aquella? No quería
creerlo, pero temió que fuese la que contenía el último vino que elaboró su padre.
Aquella que nunca quiso, ni se atrevió a abrir. Un nubarrón de profunda negrura
le nubló el pensamiento y en su corazón sintió el lacerante pinchazo de su
profanación.
De manera totalmente autómata, ensimismado como se hallaba, pegó otro trago.
Y con la inmediatez de un relámpago, la luz se hizo y todo cobró sentido y su
mente por fin se apaciguó. Vio su vida reflejada en una bebida en la que había
mucho de su padre, al igual que en él. El resultado de la fermentación de
experiencias, recuerdos y añoranzas, conformado por un paisaje vital, labrado
por las personas con las que había convivido. Y se aprestó a consumir ese vino,
al igual que lo hacía su vida. Porque el vino, era él.

—Buenos días, padre. Pase y siéntese —le dijo sin apenas desviar la
mirada de la copa—. Se ha fijado en el color violáceo de este vino. Y ¿qué me
dice de su lágrima?
—Hijo, no he venido a hablar de vinos —contestó el sacerdote que
apenas lograba reprimir su nerviosismo.
—Tranquilo padre, todo a su debido tiempo. No creo que sea de buen
cristiano distraer mis sentidos mientras cato esta delicia de caldo. ¡Qué poca
delicadeza! Cómo se nota que a usted le dejan beber en el trabajo, aunque sea
vino del malo. Por favor, no me interrumpa y escuche que algo aprenderá.
Después de una pausa teatral acompañada por una sonrisa, un guiño
cómplice y levantar la copa a modo de saludo, aquel amante del vino continuó
con su discurso.
—Siempre me ha gustado sacar mis propias conclusiones antes de leer
su descripción. No se imagina cuantas mentiras se cuelan en las etiquetas de
los vinos —comentó más para sí mismo que para su interlocutor mientras
acercaba su nariz aguileña a la copa—. Yo diría que predominan los frutos
rojos con algún matiz de… tinta china, puede ser. Huela padre, huela.
—Hijo, ya te he dicho que no he venido a esto, tenemos que hablar
—insistió el sacerdote mientras declinaba el ofrecimiento del catador.
—Usted se lo pierde —respondió, y sin darle mayor importancia tomó un
pequeño sorbo al estilo de los grandes profesionales—. Lo que me imaginaba,
excelente. Intenso, con volumen y no defrauda al final por su profundidad. No
me mire así, que hoy es mi día, déjeme que disfrute de este frívolo
divertimento. Haremos un trato, usted me lee la etiqueta para demostrarle que
no hago trampas, y después de degustar el vino con un buen chuletón Wagyu
seré todo suyo.

Resignado, el sacerdote tomó la botella y retiró la funda, adecuada para
una cata a ciegas. Buscó la leyenda de la etiqueta y sin demasiado interés leyó
en voz alta las características del vino.
—“En Nariz, recuerdos de montebajo y balsámicos, frutos rojos y
compota unidos a matices de tinta china. Gran armonía en boca, taninos largos
y equilibrados, paso de boca intenso y voluminoso, final de boca largo y
profundo”.
—Ve padre, no miento al presentarme como un experto somelier. ¿Está
seguro que no quiere un poco de carne, o al menos una copita de vino? —con
un ligero movimiento vertical de hombros aceptó la negativa del siervo de
Dios—. En fin, usted se lo pierde.
El tiempo se detuvo mientras aquel sibarita ocasional degustaba aquel
trozo de carne y el excelente vino con toda la reverencia y elogios que aquellos
manjares merecían. Con los labios aún tintados por el vino se dirigió a su
paciente interlocutor.
—Bueno, usted dirá.
—Hijo, he venido a escuchar tú confesión para redimir tus pecados y
salvar tu alma del castigo eterno.
—¡Pare el carro, padre! No se ha dado cuenta que yo nunca he buscado
eso que usted y los suyos llaman redención. Llevó diez años entre cuatro
paredes y nunca, ni una sola vez, me he arrepentido de lo que hice. ¡Ni una
sola vez! —le respondió con un tono más irritado del que había usado hasta
aquel momento.
—Pero nunca has estado en esta situación. No eres consciente de que
tu tiempo se acaba y que el destino de tu último viaje está solo en tus manos
—contagiado por el tono de aquel inconsciente, también alzó la voz en un
intento desesperado por convencerle. Pero al ver los fríos y crueles ojos de
aquel hombre desistió.

—No se da cuenta de que no quiero salvarme e ir a eso que ustedes
llaman cielo, de que sellé mi destino al asesinar a todos aquellos piadosos
siervos de Dios. Sí padre, a sus colegas. No fue un calentón, fue un acto
premeditado y ejecutado para complacer a mi único Señor. Llevo diez años
entre rejas, intentando que se cumpla mi destino y, por fin hoy, lo voy a
conseguir. ¿Quién me iba a decir a mí que gracias al dinero de mi amantísima
madre se reabriría mi caso?, ¿qué en el juicio se iban a presentar nuevas
pruebas y que lograsen ampliar mi curriculum con nuevas víctimas?, ¿qué el
nuevo gobierno iba a sacar adelante la pena de muerte? y ¿qué por una
carambola del destino yo iba a ser el primer ajusticiado en España después de
tantos años? Padre es perfecto. Hasta me han agasajado con una última
comida digna de un rey.
El sacerdote no pudo aguantar más y se levantó de aquella fría silla para
abandonar la celda de aquel despiadado asesino que iba a lograr que
escribiesen su nombre en la historia. No había traspasado aún la puerta
cuando el reo volvió a llamar su atención.
—Padre, no sufra que por lo menos hemos evitado que anote otro
pecado en mi lista. Al menos no me he suicidado. ¡JA JA JA!
Aquella carcajada resonó en el pasillo acompañando al cabizbajo
sacerdote en su retiraba de una batalla que ya sabía perdida de antemano.

En mi familia somos todos muy parlanchines. Cuando estábamos en la
casa donde nació mi abuelo, reunidos alrededor de la lumbre en invierno o bajo
el emparrado en el buen tiempo, se porfiaba, horas y horas, sobre cualquier
cosa. A los niños no nos dejaban apenas intervenir: «calla, que tú de esto no
sabes».
Otras veces, el abuelo nos contaba historias de cómo las mangaban en el
pueblo cuando era un chaval, o de los tres años que pasó haciendo la mili en
los Pirineos, tan lejos de su tierra castellana. Cuando comenzaba una de sus
aventuras el silencio le envolvía y solo se rompía con nuestras risas. Era el
mejor narrador de todos; nadie le superaba. Aun hoy, recuerdo casi palabra por
palabra lo que nos contaba.
Su padre, mi bisabuelo, tuvo ocho hijos, era labrador. Vivían de cultivar la
tierra —la suya y la ajena—, y criar algún animal que sirviera de sustento a la
familia. «En casa nunca pasamos hambre, pero caprichos, ni uno y, sin acabar
la escuela, había que trabajar», nos decía el abuelo. Poco a poco sus
hermanos mayores se fueron marchando del pueblo —desde el que se veía
Toro, en la otra orilla del Duero—, en busca de un jornal que les permitiera
formar una familia. Eso hizo también él y estoy seguro, de que si viviera,
sonreiría socarrón, al enterarse de que acabo de firmar la compra de la bodega
del tío Turrión. Y es que de todas sus historias esa era, para mí, la más
divertida.
El abuelo tenía una cuadrilla de amigos: Ulogio, Cipri, Mauri, Isi y él, Gildo.
Juntos iban a pescar al rio Guareña, a cazar y a las fiestas de los pueblos
cercanos. En el suyo, la fiesta mayor era el cinco de agosto, la Virgen de las
Nieves. Recuerdo el sabor de los dulces de mi abuela y la copita que nos
daban del mediovino, así llamaban al hecho con uva albillo —del majuelo que
le había tocado en herencia al bisabuelo—, rebajado con agua para quitarle
grados. También se celebraba una romería: el Lunes de Aguas. Y en uno de
esos Lunes se desarrolla una de las historias que nos contaba:
«De todos los amigos, el Cipri —hijo del tío Turrión, uno de los ricos del

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pueblo— era el que mejor vivía: solo tenía una hermana, recién casada. Su
casa era grande, con un corral en el que tenían el ganado. Para nosotros, con
quince años o por ahí, lo mejor del Cipri era la bodega de su padre, lugar que
nos estaba vedado. A ella se accedía desde la mitad de un cerro tan pequeño,
que no merecía ese nombre. Se bajaba por una escalera con mucha pendiente
hasta la cueva. Allí estaban la prensa y el lagar; las enormes cubas de madera
donde metían el mosto y se hacía el vino; el pozo y la chimenea. Desde ella se
pasaba a las sisas —huecos laterales más pequeños—, en las que se
encontraban las barricas y las botellas. En una había una mesa y unos bancos
donde el tío Turrión iba a merendar con sus amigos. El vino lo hacían con la
uva Tinta de Toro: era áspero, con mucho cuerpo y teñía la boca de un rojo
intenso.
»A lo que iba: al día siguiente era Lunes de Aguas y no teníamos qué
merendar. Ulogio, que era el que llevaba la voz cantante y el que planeaba
todas las fechorías dijo:
—Cipri vas al corral y das un palo a un gallo y lo dejas, muerto, tirado en la
cuadra. Cuando llegue tu padre a casa le dices que la Voladora, u otra de las
mulas, le coceó y lo había reventado. «Esas sí que eran mulas y no las dos
nuestras que se caían de un puñetazo, remachaba mi abuelo».
»Dicho y hecho. El padre dio unos zurriagazos a la mula y mandó al hijo
que tirara al gallo por encima de la tapia del corral, donde lo cogimos nosotros
y se lo llevamos a su hermana, que se encargó de guisarlo.
»A las siete de la tarde, pertrechados con unas velas y un candil, fuimos a
la bodega —Cipri había cogido las llaves, que estaban colgadas tras la puerta
de la entrada, en un descuido de su padre—. Sacamos unos jarros de vino y,
entre risas y cantos, íbamos dando buena cuenta del gallo. De pronto, sentimos
la garrota del tío Turrión golpeando los escalones: apagamos las velas y el
candil y nos escondimos tras las cubas. Bajaba gritando: «¡Cabrones, us mato,
cabrones, us mato!». Uno de nosotros, quizá Ulogio, le agarró un pie en los
últimos peldaños y el hombre se cayó de bruces: la garrota por un lado y el
candil por otro, que se apagó al estamparse contra el suelo. Aprovechamos la
oscuridad para saltar por encima de él y, como gamos, escapamos escaleras

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arriba. A su hijo, más lento de movimientos y de cabeza que nosotros, le trincó
de una pierna y le dio más palos que a la Voladora.
»Los demás nos fuimos a toda velocidad al Salón de Baile del señor Evelio
con el estómago contento. Como si nada hubiera pasado».
Esta era su historia. Yo se la contaré a mis hijos. He comprado y
rehabilitado una de las muchas casas que se venden en el pueblo — su
población es menos de la mitad de la que había un poco antes de estallar la
Guerra—. Los nietos del tío Turrión me han vendido la bodega que mi abuelo y
sus amigos no pudieron disfrutar, del todo, aquel día. No es tan grande como
nos contaba, y está bastante abandonada, pero ventila bien y no tiene
humedades, y ¡quién sabe!, quizá cuando me jubile compre un majuelo y haga
mi propio vino.
¡Te estoy viendo, abuelo! Percibo tu gran sonrisa burlona y un guiño
cómplice, mirándome como cuando nos lo contabas.

Siempre he deseado ser un poeta del vino. Nos deja sin palabras, se mete en
ellas hasta romperlas y hace que tomen la forma de nuestro silencio. A mí me
resulta imposible porque el vino tiene el poder de resbalarse del lenguaje,
juega con él, incluso se ríe en su cara. Siempre hay algo más que decir cuando
se trata de un buen Rioja. Basta con que se mueva un poco en la copa y su
aroma rompa contra el paladar para que nazca un nuevo poema.
Esto me sucedió el día que entrevisté a esa chica de 22 años, pizpireta y
risueña. No era consciente de lo que provocaba con su mirada y sus ademanes
de actriz de cine clásico. Me recordaba a Barbara Stanwyck en Perdición, una
femme fatale dispuesta a regarme con sus taninos. Yo la escuchaba
embelesado, imaginando que nos perdíamos en alguna de las barricas del
sótano en las que me dejaría convertirme en su velo de flor.
Los chispeantes ojos de Violeta poseen un tinte peculiar. En el trabajo le dicen
que habla con su mirada y que incluso es fácil saber lo que opinará del bouquet
de cierto caldo por la expresión que se adivina en sus ojos. Llevo hablando con
ella apenas media hora y pienso que ya me he enamorado, aunque no le doy
importancia porque suele pasarme con frecuencia. De adolescente, mi madre
me recriminaba por ser demasiado impulsivo y llevar a casa a la primera que
me decía algo hermoso. Supongo que como ella jamás me lo decía tenía que
encontrar cariño en brazos ajenos.
Violeta es menuda, estilizada, su piel aceitunada delata su origen, en la
Andalucía profunda, rodeada de olivos y bañada por la brisa del Mediterráneo.
La comparan con Lola Flores en sus mejores tiempos e incluso con Paquita
Rico, aunque sus ojos aguamarina tienen algo de nórdico.
A los 18 años lo tenía claro. Quería estudiar Enología, pero lejos de Málaga.
Optó por hacerlo en la Universidad de La Rioja, en Logroño. “Al principio me
costó acostumbrarme al carácter del Norte, pero con el tiempo me adapté y
ahora creo que no podría moverme de aquí”, asegura Violeta.
Trabajo como periodista, pero no me considero reportero sino escritor. Cuando
me enfrento cara a cara con un entrevistado quiero conocerle a fondo,
meterme de lleno en su vida como si fuese su psicoanalista. A Violeta me la
llevaría muy lejos, aunque seguramente pensaría que un viejo cascarrabias
como yo perdió el rumbo hace mucho tiempo. No le faltaría razón. Hace meses
que la entrevisté y sigo pensando en ella. Siempre he pensado que la magia
existe. Se encuentra muy pocas veces, pero existe. No importa lo que dure la
oportunidad mágica. ¿Por qué no intentar que cinco segundos se conviertan en
toda una vida?…
Una vez terminada la carrera le surgió la oportunidad de incorporarse a una de
las bodegas con más solera de la región. “Enología es apasionante, pero
realizas pocas prácticas reales”, confiesa Violeta acicalándose el cabello. “Era

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consciente de que tenía que adquirir experiencia como fuese e independizarme
de verdad. No entiendo lo que está pasando con la gente joven. Cada vez hay
más casos de chicas que ven con normalidad que sus novios las controlen en
el vestir, en los horarios, que sean celosos. Estamos retrocediendo a marchas
forzadas y con una naturalidad tan sorprendente como decepcionante. Me
niego a la hegemonía cultural de la postración”.
Por eso me gustaba, porque era auténtica e independiente, empoderada. Una
mujer arcillosa y calcárea, pobre en sedimentos pero preparada para alcanzar
la excelencia final. Como sucede con algunas viñas, no le gustaba que la
regasen para evitar la merma de los taninos.… Mi corazón hervía con ellos. En
su interior se prescindía de cualquier tipo de pesticidas. Solo había que
aprender a podarla y descargar los racimos estropeados para incrementar su
calidad.
“Mi jefe suele reírse de mí porque me habían asegurado que había que regar
con asiduidad las vides, pero resulta que es justo lo contrario”, afirma Violeta
mirando con el rabillo del ojo hacia el despacho de su jefe, temerosa de que
haya escuchado su apunte. En ese momento, yo pienso en el instante que
estoy viviendo a su lado. Un instante es nada sin dejar de ser algo, un algo con
el que me quedo, que me sirve de inspiración, que me hace feliz,
independientemente de lo que pase en el futuro. Poco importa lo que está por
llegar sino aquello que hemos retenido solo dos segundos. Serán dos
segundos que, sin darnos cuenta, darán forma a nuestro futuro.
“Estoy contenta trabajando aquí, tengo mi vida, mi sueldo a fin de mes y mis
compañeros son agradables. No sé lo que haré mañana, pero sí lo que
sucederá dentro de media hora, y dentro de media hora estaré besándote en el
almacén con el cuerpo lleno de uva mazuelo. Quiero que me la restriegues
desde la nuca hasta la rabadilla y que, cuando me des la vuelta, te centres
especialmente en mis tetas y en el coño. Después beberemos juntos y
volveremos a follar. Lo hago para que te sirva de inspiración en tu entrevista,
me has caído bien. Cuando salgas de las bodegas, borra mi número y no me
llames jamás”.
Su corazón tenía un color amarillo pajizo. Era seco al paladar pero, al mismo
tiempo, gozaba de un regusto intenso, suave y ligero, con un aroma delicado
de aire almendrado. La entrevisté durante un par de horas y después me llevó
al almacén. No la he vuelto a ver. Dicen que la realidad puede alterarse si se
pone en ello suficiente empeño. La verdad es aquella que uno quiere, aun
cuando no coincida con la de otros ni con la verdad oficial. Seguiré intentando
convertirme en un poeta del vino e idear una verdad a mi medida, bebiendo
solo sin nadie que me acompañe, simplemente recordando esas dos horas con
la andaluza de la uva mazuelo.

18 de marzo de 1870
Hoy es mi décimo día en esta isla tropical abandonada de la mano de dios y de
los hombres. Milagrosamente sobreviví al naufragio del “Stanford”, el barco que
me llevaba de vuelta a casa tras mis negocios en ultramar, y que no pudo con
la feroz tormenta que lo destrozó como si fuera de papel. Hoy el mar ha
devuelto varios baúles, últimamente solo devolvía los cuerpos sin vida de mis
compañeros de viaje. Uno de los baúles sería posiblemente del capitán, en él
encontré, entre otras cosas, lo necesario para poder empezar este diario,
además de algunas herramientas y de una botella de vino. No soy un experto
bebedor de vino, pero he decidido guardarla para una ocasión especial.

20 de marzo de 1870
Aprovechando las herramientas aparecidas he podido mejorar mi hogar aquí en
la isla, una cueva en mitad de una ladera, no es mi lujosa mansión de Londres,
pero me guarda de la lluvia, que aquí suele ser mucha y casi diaria, y me
permite divisar la playa y el horizonte, en espera de mi salvación. Un arroyo
cercano me surte de agua en abundancia. Mi dieta, pescado y cocos,
básicamente. Estoy de enhorabuena, el capitán era un hombre previsor y
encontré un sacacorchos entre sus pertenencias.

23 de marzo de 1870
Quince días en esta isla sin ningún contacto con nadie, el recuerdo constante
de mí prometida Margaret y el poder volver a verla, me anima en mi total y
absoluta soledad. He visitado casi toda la isla, solo me falta la zona este, estoy
cada vez más convencido de que nadie la habita. Si no me falla la memoria hoy
es domingo, y he decidido ponerme en manos de dios. He construido una
especie de altar con su cruz, que dios me perdone, donde todos los domingos
rezaré. He abierto la botella de vino, para qué guardarlo más, no está
bendecido pero me servirá.

30 de marzo de 1870
Hoy he vuelto a recuperar las fuerzas. Varios días con fiebres muy altas me
han hecho perder la noción del tiempo, ruego me perdonen si la fecha de mi
diario no fuese la correcta. Posiblemente la picadura de algún insecto me las
haya provocado, muy abundantes en mi nuevo y quién sabe si último hogar.
Reconozco que el vino me ha servido como un eficaz reconstituyente, ojalá mí
estimado capitán hubiera guardado alguna botella más.

2 de abril de 1870
Ya completamente recuperado de las fiebres, me he adentrado en la isla a
cazar algo, estoy ya algo cansado de pescado y cocos. Dios ha escuchado mis
plegarias, entre la espesura de la jungla me he tropezado con una especie de
jabalí enano, mis practicas con la lanza han tenido éxito y tras una breve
carrera sorteando arboles y maleza he podido abatirlo. Hacía tiempo que no
disfrutaba tanto de un trozo de carne, todo un banquete, una pena que solo me
quede media botella de vino.

8 de abril de 1870
Un mes, un mes hace que me pregunto porque dios quiso salvarme de una
muerte segura para que muriera lentamente aquí en este paraíso, quiero
pensar que tendrá sus motivos, pero sinceramente no los encuentro. Cada día
que pasa me encuentro más débil, mi salud física y mental se están
debilitando. Intento estar ocupado, pero cada vez más me sorprendo hablando
con todo lo que me rodea… ¡me estaré volviendo loco! Hoy he estado tentado
de acabar con todo de una vez por todas, por suerte no ha sido así. Un par de
sorbos de vino, me han devuelto el ánimo.

15 de abril de 1870
Llevo varios días con la impresión de que alguien me observa, sobre todo cada
vez que voy a revisar las trampas que puse en la zona este de la isla. No sé, es
una sensación extraña. Puede ser algún nativo de esta isla, que tenga más
miedo que yo. A partir de mañana he decidido que intentaré esconderme y así
salir de dudas. Dios quiera que haya alguien más, sería un buen motivo para
celebrar y terminar el escaso vino que aún conservo.

18 de abril de 1870
Tras varios días de guardia he llegado a la conclusión, muy a mi pesar, de que
los ojos que me observaban no son humanos, mis trampas están en el territorio
de una familia de monos. No quiero ser pesimista, pero mucho tiene que
cambiar mi suerte para que salga de aquí, mucho tiene que cambiar mi suerte
para que vuelva a ver a mi amada. Esta noche cenaré con ella, si no me
equivoco es su cumpleaños, nos tomaremos el vino que me queda y lo
celebraremos.

25 de abril de 1870
Estoy muy débil, apenas me quedan fuerzas, siento que la vida se me escapa
por momentos. He perdido toda esperanza de que me encuentren, con vida al
menos. Apenas me queda tinta para seguir escribiendo, ni ganas para hacerlo.
La botella de vino que ha sido mi compañera durante mi cautiverio en esta isla
paradisiaca emprenderá esta noche un incierto viaje, la echaré al mar y será la
portadora de mi historia y quién sabe si algún día alguien leerá estas líneas, si
así fuera, solo le ruego una cosa, díganle a mi amada Margaret, que nunca
dejé de amarla, nunca, y que aquí en el fin del mundo su imagen me ha
acompañado siempre…

El campamento estaba muy tranquilo. Tan solo se oía el trajín de enseres de cocina
para el rancho matinal. El capitán Ochagavia estaba escribiendo una carta a sus mandos
superiores alabando el buen hacer de las tropas del tercer batallón Requeté de Navarra.
Tenía una letra menuda y pulcra con la que aprovechaba muy bien el papel. Estaba
acabando de escribirla cuando se acercó a su tienda de campaña el Sargento Osuna.
-¿Qué pasa sargento? -dijo el capitán con voz comprensiva. El sargento Osuna era
su enlace principal con la tropa y siempre le contaba los pormenores de todo. Quién había
perdido una manta, a quién se le habían roto unos cordones y en fin, cualquier cosa.
Aquel hombre achaparrado y con bigote que ahora se veía acarreando un fusil en el
campo hubiera sido mucho más feliz llevando su almacén de semillas y forrajes, pero la
vida los había puesto a todos en el sitio equivocado.
-Capitán -saludó Osuna cuadrándose.- Que icen los hombres que no van.
-¿Cómo que no van?
-Pues curre que no quien ir al frente hoy. -El sargento manoseaba su gorrilla, el
chocho como lo llamaba la tropa, con nerviosismo. El día anterior habían tomado con
éxito una vertiente del río y si no consolidaban la posición con el refresco de la mañana
podían perderla.
-Pero, ¿qué pasa? ¿Se han quedado sin valor?
-Capitán -dijo muy serio el sargento haciendo un gesto con la mano a su superior
para que no continuara por ahí. -Los hombres son los más valientes, más arrojados y con
más cojones que ha parido nuestra tierra de Navarra, si me permite la expresión.
-Entonces ¿qué pasa? Dígamelo de una vez Osuna.
-Pues que no hay desauno mi capitán. Los hombres no se quieren il a pasar todo el
día en el monte con el viento y el frío que hace. Aguirre dice además que a la tarde igual
plove, que lo nota en los huesos…
-Sargento -le cortó el capitán para que dejara de irse por las ramas.
-Que no se quien ir con el buche vacío, capitán. Yo no puedo culpalos por ello, el
día no es agradable hoy para ir a pegar tiros al río.
-Y ¿qué ha pasado, no queda panceta o galletas?
-No capitán, de pitanza estamos bien. Es que no queda nada de beber.
-Pero si ayer mismo vi como traían el camión semanal de agua a las cocinas -dijo
el capitán señalando hacia la cocina de campaña levantada a unos metros de allí.
-Pero capitán, ¿no querrá usted que los hombres beban agua? -Osuna puso cara
de perplejidad. Seguramente el capitán no había pensado bien antes de decir esa
barbaridad. El capitán venía de reemplazo desde Madrid. No era mala persona y se había
ganado el respeto de sus hombres, pero había pasado mucho tiempo en el sur y a veces
no pensaba bien. Por suerte estas conversaciones quedaban entre él y el capitán, pensó
Osuna.
-Bueno, bueno -respondió Ochagavia políticamente. -Coja a unos hombres y vaya
al pueblo más cercano a por un poco de vino.
-Capitán si me permite. -Osuna esperó a que el capitán le hiciera un gesto con la
mano para que continuara. -Lo que se tiene costumbre es coger el carro cisterna del vino
e ilnos a por él. Pero asaltaron el convoy hace dos días y está toda la cisterna abujereada.
Trajo unos cientos de litros pero ya no queda para todos.
-Está bien, está bien. Somos cien hombres…
-Más el personal de apoyo.
-Más el personal de apoyo, así que unos ciento veinte. El camión cisterna del agua
es de mil litros… -el capitán hizo unos cálculos de cabeza. Tres litros por persona y día, si
eran ciento veinte. -Bueno, pues llévense el camión del agua. Eso nos dará para dos días.

-Gracias capitán -Osuna volvió a saludar contento a su superior. Ya se estaba
yendo cuando Ochagivia le volvió a llamar.
-Sargento, encárguese de que el camión no deje de trajinar. No podemos tener
contratiempos de estos cada dos días. -Osuna afirmó con la cabeza, saludó de nuevo y
se fue hacia las cocinas.
-¡Peñuelas, Contreras, Fernández ajuntarse aquí! -los hombres se le acercaron al
trote. -Ha dicho el capitán que tenemos que tener la línea abastecida. ¡A vacialo! -dijo
golpeando la cisterna con la mano. Peñuelas abrió la espita y el agua empezó a correr.
-¿Pero quéstáis haciendo? -gritó el cocinero saliendo con un pollo en la mano.
-Se ha acabado el vino y vamos a il a por más.
-¿Se ha acabado el vino? ¿y el camión del vino?
-Abujereado hace nosdías -contó Osuna haciendo con las manos el gesto de
disparar una metralleta. El cocinero Bagordi se puso pálido al oír eso. Acto seguido llamó
a un par de los pinches y empezaron a llenar las ollas que tenían con agua. Por si acaso
dijo, hay que lavar los cacharros. Cuando el camión estuvo vaciado el suelo se había
convertido en un barrizal. La tropa se había reunido para verlo, más por entretenerse con
algo que por verdadero interés.
-Castro y Fernández arriba, callados y atentos, armas preparadas. Que no se nos
abujeree este camión también, si no queréis que el capitán os corra a zurriagazos. -El
capitán era muy posible que no lo hiciera, pero eso solo lo sabía Osuna-. Contreras,
¿sabes conducir?
-En casa teníamos un carro con dos mulas.
-Bien, al asiento. Tú también atento. Trata de date prisa pero sin accidentes.
Tenemos que llegar para la hora de comer o habrá un motín a este paso. -Con Osuna
delante de todos si no había nada para beber en todo el día-. Venga, nos marchamos.
Como había corrido la voz de la misión del destacamento de Osuna, los soldados
les tiraban sus cantimploras, pellejos y botas. Los que todavía conservaban algo dentro le
daban el finiquito. Todo al coleto que la mañana es fría. La comitiva salió del campamento
entre vítores, canciones y gorras al aire.

Tenías 14 años cuando te conocí, fue tanto la persistencia que produjiste
en mis sentidos que no podía dejar de hablar de ti a mis familiares y conocidos,
algunos me tachaban de loco y decían que no era normal ni sana esa pasión
tan vehemente por ti y aunque por mucho que yo les dijera que era algo tabo
para ellos y que en otros lugares del norte de España era algo normal sentir de
esa manera, incluso más ferviente, no pude cambiar su afianzada manera de
pensar tan enclaustrada en tiempos pasados. ¡Pero me da igual! lo que digan y
balbucen, ellos no sintieron lo que yo cuando te encontré por primera vez en
esa cena bajo la luna de Bullas en el Valle del Aceniche que hacía que tus
reflejos parecieran más mágicos y misteriosos.
Me contaste con ese acento francés tan sensual que me sabía a vainilla
y especias e hizo que en la cena ya no hubiera simplemente comida sino
pequeños placeres que junto a ti me pareció casi divinidosa, casi me haces
creer en dios Dios, yo, un ateo empedernido.
Y fue esa noche cuando me di cuenta de que la edad no importa, que
pese a tu recorrido, mostrabas una madurez impetuosa que dejó huella en mi
para siempre, pero aun así, esa noche me dejaste ir, diciéndome que no
estarás ahí eternamente, que aunque tengas la fortaleza de tu bisabuela
Josefa, te hicieron ser un bien escaso, pero que mientras perdures, dejaras
mella en todo aquel que te pruebe.

Se quitó la blusa y me sugirió tomar una copa. En la mano el líquido era un
revólver.
Cabernet Sauvignon y Garnacha, cárdeno temperamento ciñendo el cristal.
Aspiré su aroma impreciso; trufas, regaliz, humo de castañas. Lo acerqué a mis labios y
supo a cuero de caballerías, a madera de carretas usadas para transportar aperos.
Me concentré, y más allá sobrevino la imagen de una mujer al contraluz. Estaba
sentada al pie de la parra, con la vid ya mordida de sombra. Abajo, a los pies de mi
madre un rumor de sarmientos, memoria del vino, recordaban vendimias de antaño,
cuando las raíces de las cepas urdían su hambre entre los surcos del viñedo.
Me hubiera detenido a cuestionar donde encontré aquella untuosa pareja de
baile, pero no quise interrumpir su creciente desnudez. Los amantes llegan sin
saberse. Por el contrario, la conciencia estaba enemistada con la que podría ser una
noche de sudor feliz. Así, determinado a perderme en el juego, volví a beber. El sorbo
devolvió algo de su cuerpo de árbol, quizás cerezas amargas, ceniza de brisas de
agosto, de paisajes cóncavos.
Mi madre me mostró un niño. Su cuerpo parecía demasiado reciente para no
ser agua. La criatura extendió su puñito hasta mí para sin demora, abrir el pequeño
nudo y dejarme ver algo palpitante. No supe bien qué era, semillas o tal vez el corazón
de un pájaro. Solo dijo “será un gran reserva”. Sin más se zambulló y desapareció en
una estela que buscaba la esquina del mar. Solo quedó algo de espuma en la mirada y
la desazón de una tortuga que contempla un delfín.
Sommelier de nostalgias, estaba acostumbrado a interpretar puestas de sol, a
descifrar la tristeza de unos ojos, pero aquellos encuentros eran un asunto de distinto
calado.
Cuando el silencio se detuvo en el último giro de la sangre, cuando la noche ya
era solo la atenta mirada de las estrellas, me alcanzó el intenso dulzor de los
moscateles. De nuevo mi pareja me ofrecía su calor. Su piel era ya tiempo de brasas,
cortina del deseo que ansiaba descorrer, rasgar. Su aire abierto a horcajadas sobre la
noche anegaba hasta el último rincón de una voluntad que no ofrecía resistencia.
Mamá responde, ¿soy yo ese niño? ”Tiempo al tiempo”, es lo único que dijo.
Desapareció. No es más hermoso el oasis por hacerse carne, existir. Traté de
consolarme en el pensamiento de aquel niño que atravesaba el mar o las costuras de
mi madre, venía para quedarse cerca de mí.
Sonreí y el mar rubí me coronó el paladar. Su sal dulce, la zozobra de la última
melaza, el urgente éxtasis que se debate entre el sueño y la perpetuación me llevaron
a entornar los ojos y dejarme en aquella suave oscuridad. No quería irme a dormir y

decepcionar tan leal amante, impetuosa ola que sempiterna cerca la orilla de mi
insomnio.
No volví a ver a mi madre, a lo sumo, el poso de algún desvelo, la claridad
acostumbrada de vuelta a la rutina, las ojeras dejando al descubierto cualquier
coartada, y mi -partenaire- totalmente vencida sobre la mesa.
No quise marcharme así, había sido un excepcional idilio, mire la etiqueta y no
pude reprimirme, susurré su nombre por última vez.

Aquella tarde, reunidos en una sala fría e insulsa, jugaban a imaginar las vidas de los que
allí paraban.
Comenzó la cata, sin dar mas importancia a los que allí estaba pasando, el destino ya
estaba escrito…
Al finalizar, tenías la opción de adquirir alguno de los caldos allí degustados. Pero ella,
aprovechando la relajada situación del momento y considerando que aquello ya estaba
costeado, se metió un par de botellas en el bolso.
Al cruzar la calle, a punto estuvo de lamer el suelo tras ver deslizar de su bolso las dos
preciadas botellas de vino que acababa de robar. Frente a ella, un chico la miraba, pero
su mirada no juzgaba, su mirada traspasaba, cautivaba. Le temblaban las piernas. Ya no
importaba el vino.
Empezó la cata…

Levantó lentamente su mirada que reposaba clavada en el suelo que acababan
de pisar. Esa tierra verde. Origen de sus ancestros. Miró hacia atrás y observó a su
padre examinando fijamente el serpenteante río, allí abajo. Estaba de perfil, con un
Ducados entre los dedos, suspiraba, pero no podía adivinar por dónde caminaban sus
pensamientos. Sólo callaba y miraba. Miraba absorto. La montaña, los bancales
sembrados de vides, escaleras de vida… Cosecha heroica, la llamaban. Y lo era.
Dejó a su padre ensimismado en el paisaje e imaginó por un momento a
aquellos hombres y mujeres con sus capachos al lomo, subiendo y bajando a por las
uvas. Esfuerzo titánico. Ahora las máquinas habían restado romanticismo y sumado
salud a aquellas gentes. Pero el fruto era el mismo, un manjar de dioses que
descubrieron aquellos curiosos romanos.
– Papá, ¿vamos?.
– Sí, fillo, sí.
Nunca fueron de hablar mucho. Caminaron en silencio, cuesta abajo, hacia la
bodega. Allí los esperaba el resto de la familia. Demasiado barullo. Se alejó de los
abrazos y besos, y se pegó al ventanal. Pensó en sus abuelos, en todos los que
llevaron aquel extraño apellido antes que él, mientras sus ojos se humedecían.
De repente, un manotazo en la espalda lo espabiló.
– Veña, tío, imos tomar un viño!.
Su sobrino Antón lo arrastró hacia la barra del bar. Estaba decorada con todo
tipo de artilugios dedicados a esa viticultura de gente especial, brava, diferente.
Acostumbrada a pelearse con una geografía hostil, nada proclive a regalar nada. Sin
embargo, el camarero arrancó el corcho de una botella de tinto, y se lo llevó a la nariz.
– Uva Mencía, pensó. Una de sus favoritas. Color rojo frambuesa, que a
primera vista hipnotizaba tras el cristal. Acercó la copa y aspiró con los ojos cerrados.
Vinieron a su mente aromas de moras, de aquellas que arrancaba de las zarzas
cuando era solamente un niño.
La vorágine de ir y venir, de entrar y salir, de primos, tíos, cuñados, sobrinos,
nietos.. .y demás familia; poco a poco los fue dejando a los dos, solos, en una
esquina. Miró a su padre de nuevo. Aquellos ojos gris-azulados siempre le habían
llamado la atención. Escondían tanto.
Sabía con toda seguridad que iba a ser la última vez que lo vería. Un maldito
cáncer lo estaba carcomiendo; pero no se quejaba. No se quejó nunca.
– Papá, ¿brindamos por la familia?.
– Claro, fillo, claro.
Acercaron las manos y, al chocar las copas, el cristal sonó a ternura, a cariño,
a comprensión, a lealtad, a amor…

En ese instante pudo adivinar una leve sonrisa bajo su bigote. Nunca le había
dicho que lo quería. Esa ausencia de palabras fue siempre recíproca…
Despegó la copa de sus labios, y tras un comentario efímero sobre la magnífica
calidad del caldo, le miró fijamente y como un manantial que brota tras tanto tiempo
cautivo, le dijo:
– Papá, te quiero…

Era media mañana y me disponía a preparar la comida, algo más temprano de
lo habitual, ya que esta vez la receta precisaba de tiempo extra de cocción.
Como normalmente hacía mientras cocinaba, dispuse una de las copas de
cristal frente a mí y abrí una nueva botella de vino. Solo dos dedos, como
siempre, me dirigí a la butaca más cercana del salón y me dejé caer en ella con
la copa en la mano. Tras mi primer sorbo vi como de pronto amanecían de mis
piernas hojas de parra, unas hojas diminutas que iban creciendo poco a poco,
sorbo a sorbo, mi cara era de asombro y mis ojos iban de la copa a mis piernas
y de mis piernas a la copa, aquellas piernas antes desnudas ahora adornadas
por verdes hojas. ¿qué me estaba sucediendo? Había oído de casos parecidos
pero solo a personas que bebían lo suficiente, ¡yo solo bebía dos dedos cada
vez! ¡No podía ser que me hubiera equivocado! De pronto un silbido me hizo
estremecer, de la sacudida casi cayó la copa al suelo. Era la olla a presión la
que me rescataba del reino de los sueños…

Cuando salió el médico de ver a padre no hizo falta que pusiera muchas
palabras a su rostro serio y preocupado. En estas tierras el tiempo devora las
ilusiones y sólo ofrece heridas que van dejando huellas profundas; y aunque
las suyas no eran del rigor del sol y el trabajo en el campo, sí que dejaban ver
un alma atormentada que no se acostumbraba a dar malas noticias.
Hacía siete años de su última visita a casa, en el Valle de Aceniche, durante la
terrible epidemia “grippal” que asoló toda la comarca en otoño del año 1918. En
esa ocasión la brigada sanitaria, como en una procesión de luto y muerte, sólo
pudo dar algunos consejos a mis padres para que trataran de no contraer las
fiebres y consuelo para que encomendaran a Dios mi recuperación.
Apenas puedo recordar nada de ese verano en el que debía celebrar mi
mayoría de edad; con el mes de septiembre las uvas de “casca del país”,
conocidas en otros lares como “monastrell”, empezaban a tomar sus intensos y
característicos colores violáceos, y todos los braceros se esforzaban en
preparar los aperos y los animales para las labores de vendimia. Todo el
trabajo y el sudor del año se verían reflejados en la abundancia y calidad de
esos pequeños frutos, por los que mi padre, Juan “El Viñas”, se había ganado
el respeto de sus patronos y, lo que era más importante para él, de sus
viñedos.
La lucha diaria en el campo está llena de peligros que pueden dar al traste con
todo el esfuerzo del año. Las buenas nuevas que ofrecían los comerciantes
franceses para las bodegas del noroeste murciano a finales del siglo no
trajeron más que mayores exigencias para los braceros y unos negros augurios

que por más que nadie quiso creer, muy pronto sumieron en la mayor de las
pobrezas a todo un pueblo que vivía por y para el vino. La filoxera llegó a
Bullas en el año 1899 y nada, ni nadie, pudo pararla. En el Aceniche no atacó
hasta el año 1909, pero de la misma manera despiadada que en otras zonas;
nunca olvidaré la tristeza reflejada en la cara de padre cada día que regresaba
de arrancar las viñas que durante toda su vida había tratado como a los de su
propia sangre y que le habían permitido alimentar a la familia.
Cuando el médico se marchó le entré la cena a padre, pero seguía con la
mirada perdida y sin apenas tomar bocado; sin duda en su mente estaba muy
presente lo que representaba estar en cama para él. La rutina ordenada que
exige el campo no permite ocultar los sentimientos y la gente se muestra tal y
como le obliga el corazón; eso fue lo que ocurrió el primer día que le vi llorar, a
los pies de la cama de madre. La Lola, como era conocida, no sabía hacer otra
cosa que cuidar de su familia, con todo el esfuerzo e ingenio que exigían esos
años de penurias; durante mi enfermedad sólo recuerdo sus palabras de cariño
y sus continuas friegas para bajar la fiebre. La alegría partió con ella de casa y
padre sólo encontró consuelo en el trabajo; las nuevas viñas plantadas a partir
de las indicaciones de los ingenieros venidos de la capital ya estaban dando
sus primeros frutos y parecían tratar de mostrarnos que la vida debía continuar.
La epidemia pasó como un suspiro que sobrecogió a todo un pueblo, a todo el
mundo según los diarios, nadie estaba preparado para enfrentarse a ella y sólo
pudimos aprender como afrontar sus terribles consecuencias. Todos tomamos
conciencia de nuestra fragilidad y el luto de esos días ya nunca lo pudimos
borrar de nuestros corazones. Madre nos pidió, con su último aliento, que
siguiéramos adelante, que ella siempre estaría velando por nosotros, y eso

hemos tratado de hacer, cada uno a su manera. A los dos años y en una
ceremonia muy sencilla me casé con Pepe, el nieto de “La Polaca”, un hombre
bueno y muy trabajador, que desde muy mocita me venía rondando; en
seguida tuvimos a Juanito, nuestro primer hijo, que con su inocencia nos
recordó lo importante que es para la vida sonreír.
La enfermedad y la muerte son una parte más de nuestra vida, como un
descanso y un final que alguien va dejando caer en nuestra biografía sin dar
explicaciones, sin preocuparse del dolor o la necesidad. En los primeros días,
el único que sacaba a padre de su letargo era Juanito, que con sus cuatro
añitos ya pone cara de atención cuando le hablas y no para de preguntar por
todo lo que le rodea y le contamos. Él tampoco entiende lo que le pasa al
abuelo, pero no tiene ninguna duda de que muy pronto estará recuperado y le
volverá a llevar a almorzar migas con vino en el viñedo o a ordeñar las cabras y
dejarle jugar con los cabritos recién nacidos.
Los primeros días de marzo han dado un alivio en el dolor a padre, desde el
principio lo que más le ha dolido ha sido estar postrado en la cama, pero esta
mañana he podido escuchar como le contaba a Juanito que las viñas del Valle
de Aceniche debían estar llorando estos días, pero que no se pusiera triste,
porque esas lágrimas son de alegría. No he podido evitar emocionarme y dejar
brotar mis lágrimas, tanto tiempo contenidas, al escuchar como ha explicado a
su nieto, y creo que también ha aceptado él mismo, que las lágrimas no son el
final… La naturaleza nos muestra que no son más que el inicio de un nuevo
capítulo de la vida, que Juan “El Viñas” debe vivir porque Juanito aún tiene
mucho que aprender para ser un auténtico “Viñas”.

Me llamo Soledad…
Os preguntaréis el motivo de esta carta, pues bien, todo comenzó hará una
semana…
Yo iba caminando tranquilamente a través de mi hermosa campiña…repleta de
esplendidos racimos que más tarde se convertirían en aquello que muchos
llaman “el néctar de los dioses” … o eso decía mi abuelo… – ¡un solo trago de
un buen vino – decía- puede parar el tiempo, pequeña! Puede llevarte al pasado,
e incluso al futuro! – claro abuelo…, pensaba yo mientras observaba como su tez
enrojecía con cada sorbo… tuve que crecer para entender a que se refería el
abuelo…
En fin…el caso, es que crucé los viñedos y entré en la bodega, ¡hoy era un día
especial y debía celebrarse! Así, que bajé con decisión hasta el sótano más
profundo para seleccionar el mejor ejemplar que encontrase… y ahí estaba…una
botella extraña, con el vidrio más oscuro de lo normal y un tapón de corcho al
que le sobraban años… Ay los años! Cumplo hoy sesenta y cinco.
La botella no llevaba etiqueta, y pensé ¿Por qué no?, a mi edad, ya pocas cosas
me causan curiosidad o diversión, me conformo con pasar en paz los días que
me queden… Así que me senté en el gran balancín de mamá, tan acogedor
como el día en el que me senté allí con ella por primera vez…y descorché la
botella y me eché un poco en una copa… uhmm su olor me llevó a ese atardecer
de juventud en el que el sol te acaricia las mejillas con sus últimos rayos antes
de ocultarse, ese olor a jazmín y galán de noche…siempre lo recordaré… Ah! Y
ahí está Germán, cómo me gustaba… nunca me atreví a decirle nada… ni a los
quince, ni a los veinte…a veces me pregunto qué hubiera pasado si no se
hubiera ido a la guerra…
Oops! Y entonces pasó, estaba tan ensimismada en mis recuerdos que sin
querer mi mano dobló y parte de la copa se derramó cayendo por casualidad en
un pequeño macetero que había a los pies del balancín… entonces y para mi
asombro, la mustia plantita que albergaba el macetero empezó a cambiar de
color, cada vez más verde, se estiraba como recién levantada mientras unos
pequeños pétalos le empezaban a aflorar…
¡Parecía increíble!, miré la botella, luego a la flor y así varias veces …entonces
decidí comprobar lo que parecía una locura….me incorporé de un salto y
derramé un poco de vino en el balancín…en cuestión de segundos sus
anaranjados hierros comenzaron a tornarse color plata, sus muelles parecían
engrasados como el primer día y la tela de sus cojines se tornaba brillante y
colorida como en sus mejores tiempos…el vino llevaba algo, pues aquello que
impregnaba parecía retornar al pasado.

Se que esto parece la locura de una vieja sesentona… delirios de una mujer que
añora su pasado, pero la realidad iba a ir mucho más lejos de lo que me pudiera
haber imaginado…
Siempre fui una niña curiosa, carácter que me acompañó durante mi juventud y
mi adultez, ¡y ahora no iba a ser menos!, así que me propuse hacer una
comprobación más, la última… y fue entonces cuando decidí echarle un poco de
vino sobre la cabeza a Duc, mi viejito Duc… un gran danés negro de doce años
que ya solo duerme y come, atrás quedaron esos días en el que los pájaros y los
gatos corrían despavoridos por miedo a caer en sus fauces… y de repente,
empezó la magia… todo el cuerpo de Duc empezaron a cambiar, su piel se
tensaba y su pelaje oscuro brillaba…¡en un abrir y cerrar de ojos el viejo Duc se
había convertido en un cachorro! ¡¿Pero, cómo?! si yo he probado el vino y sigo
igual…miré de nuevo mi copa, estaba llena, quizás debía beber un poco
más…probé, y nada…quizás con un trago más grande…y entonces empezó a
suceder…me sentía como si volviera a tener veinte años, seguía sentada en el
balancín, pero al mirar al frente, todo había cambiado ¡cuarenta años hacia atrás
en el tiempo!…era increíble, los niños corrían felices, no había apenas vehículos,
ah! ¡Y ahí estaban Julia, Nora y el pequeño Mateo!
Entonces bajé la vista hacia mis pies… ¡ya no estaban! Seguía en el balancín,
pero solo una parte de mí, pues era como si la otra mitad de mi se encontrase
en otro lugar…me sentí rara, no se explicarlo bien, pues mis ojos y mi cuerpo
entero veían y sentían a mis antiguas amigas, pero al mismo tiempo, mis muslos
seguían en el balancín, yo seguía sentada en el balancín…y fue en ese instante
cuando retumbaron de nuevo en mi cabeza las palabras de mi abuelo y supe
que aquella botella, sea como fuere, contenía una esencia tal que rompía el
tiempo, conectando con la persona que bebiese de su contenido. Y entonces
comprendí que se me había presentado la oportunidad de volver a hacer las
cosas…sabía, que conforme fuera terminándome la copa de vino, todo mi yo
desaparecería de ese presente para regresar a aquel tiempo que con tanta
nostalgia recordaba…no sabía que hacer…dudaba… pero si algo he aprendido
con los años, es que las respuestas siempre se dan, pero uno debe estar
dispuesto a escucharlas, te gusten o no, y me escuché a mí misma….
Miré la copa que aun sostenía, me la bebí de un trago.
Y así, como llevada por la brisa del mar, fui desapareciendo, dejando ir lo que ya
no me hacía falta para retomarme justo en el momento en el que me perdí a mi
misma…
Muchos años han pasado, y cuentan aún las gentes del lugar, que muchas
tardes, al caer el sol, una joven muchacha amable y sonriente pasea cerca de la
calle donde antiguamente daba el porche de la casa de las viñas, se sienta en el
bordillo de la acera, se toma una copita de vino y al rato sigue su camino…

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